martes, 8 de abril de 2008

La vocación

En español, según el DRAE, nos referimos a la vocación para hablar, en primer término, de la "inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión". Me llama la atención que el Diccionario de nuestra lengua haga suyo, como el significado más propio del vocablo, el sentido religioso del mismo. Pero así es, sin duda porque así son las cosas en la cultura de la que los académicos no son más que testigos. Sólo en su tercera acepción, coloquial, se define la vocación como "inclinación a cualquier estado, profesión o carrera". He mirado a ver qué es "vocation" para un inglés, y me sale que con ella se refieren, más llanamente, a "the particular occupation for which you are trained".
De siempre recuerdo haber oído contar en mi familia, especialmente a mi abuela, que, estando mi madre todavía en la cama tras haberme parido, llegaron a visitarla las Hermanas de la Cruz y ella las recibió toda contenta: "Hermana Pureza ¡ha nacido el obispo!". El obispo, aunque no me había dado tiempo, era yo. Nacimos juntos, mi vocación y yo.
Luego todo fue coser y cantar: ni a nadie de los que me rodeaban se le ocurrió nunca mostrarme otros horizontes ni sentí yo jamás la necesidad de descubrirlos. La vocación me acompañó desde siempre y yo la hice mi compañera de buena gana.
Todo encajaba a la perfección: primero, el Colegio de las Salesianas dirigido por Sor Vilches, una monja que siempre se refería a mi madre llamándola "buena o santa"; de este colegio sólo recuerdo haber sido feliz, si dejo aparte algunos cabreos desorbitados de Sor Esperanza, nuestra maestra, que un día le despegó a mi hermano Manolito la oreja por la que estaba levantándolo, o las veces en que se mostraba excesivamente deferente o incluso zalamera con Patricio el del Pavo o con Rafaelín Fleming, no por los méritos de estos compañeros sino por los bienes que a las monjas les podían venir de las familias de ambos. Luego, la visión de mi madre, muerta al nacer mi último hermano, a la que, a punto yo de cumplir los nueve años, entré a despedir con mis hermanos mayores, Diego y Manolita: en el féretro, vestida de Hermana de la Cruz. Después, la Preceptoría, un colegio en el local de las llamadas Escuelas Vicentinas donde uno de los curas de la Parroquia preparaba para entrar en el Seminario, del que se encargaba en aquella época D. José Romero: confesor de mi madre, me imbuyó siempre la idea de que había muerto como una mártir por tener "los hijos que Dios había querido" (diez partos). A continuación el Seminario Menor de Sevilla, que estaba en Sanlúcar de Barrameda, de donde conservo los mejores amigos de mi vida a pesar de estar prohibidas en él "las amistades particulares". Siguió el Seminario Mayor, en Sevilla, en el Palacio de San Telmo, donde me introduje(ron) en una forma de estudiar, la llamada Escolástica, en la que la motivación no es indagar sino directamente aprender "tesis" construidas por otros, siempre para rebatir (apologética) lo que han dicho unos "adversarii" que nunca conoces por sus propias palabras sino por la versión que de sus palabras te ofrece el oponente que los considera equivocados, como demuestra a continuación exponiendo los argumentos, a ser posible en forma de silogismos, que sostienen la tesis por él defendida. En Sevilla, entre los dieciséis y dieciocho años, se me multiplicaron los intereses, los amigos, las inquietudes, las lecturas, pero la vocación siguió incontaminada.
Pasé a estudiar Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca. Me encaminaba al obispado, o así lo entendía mi abuela. Pasar del Seminario de Sevilla a la Universidad de Salamanca con gente de toda España, de Sudamérica, irlandeses, frailes de todo tipo que yo no había visto en mi vida, profesores de toda clase (casi todos, eso sí, ortodoxos y franquistas) fue mucho más estimulante y sugestivo que pasar de Valverde a Sevilla.
Mi vocación me llevó a ser cura a los veintidós años. Me aproximaba al obispado deseado por mi madre. Pero con el curato llegaron los problemas. Un par de "sucedidos" que la memoria, caprichosa y selectiva siempre, no deja de traerme al presente:
El Obispo de Huelva me mandó de cura (curilla, más bien) a un precioso pueblecito de la Sierra de Aracena, donde estuve un curso escolar, de septiembre a junio. Era norma que las cosas de la iglesia no estaban hechas para los varones, que, además, te lo decían claramente. Pero al acercarse la "Pascua florida" la cosa cambió, pareció que a todos los hombres del pueblo y de los pueblos de alrededor les entró una urgencia piadosa incontenible. Los curas vecinos nos tuvimos que echar una mano unos a otros y hacer horas extra para confesar en un par de días a todos, y en una de ésas llegó a mi confesionario la autoridad militar, o sea, el comandante del puesto de la Guardia Civil de un pueblo: "Dígame".- "No; yo es que vengo a confesarme porque así lo manda el Reglamento del Cuerpo".
Al final del dicho curso el Obispo me mostró su deseo de que me fuera a ampliar estudios a Roma. "¿Y qué le gustaría a usted estudiar?".- "Pues yo lo que quiero estudiar es Escrituras, Sagradas Escrituras, Biblia".- "¿Biblia? ¿Y para qué le va a servir eso? ¡Estudie Derecho, hombre!¡Derecho para su carrera! Pero, en fin, usted verá". Me fui a Roma a estudiar Ciencias Bíblicas.
De esta manera, resumida en estos dos "sucedidos", empezamos a alejarnos la vocación y yo. Un alejamiento ya sin remedio. Se interpuso la Biblia. Pero, en fin, éste es otro cantar. Y tal vez otro post.

6 comentarios:

tomás dijo...

Gracias a Dios que os íbais alejando (tu vocación y tú, digo) :D
A ver el capítulo 2, que estoy intrigao, seguro que hubo más sucedidos.

CSR dijo...

Muy interesante el tono "biográfico-sincero-auténtico" que va tomando esto.
Ya me habías contado los dos "sucedidos", pero en el contexto en que aparecen dicen más.

Luz de Gas dijo...

Tanto estudio ha dejado una escritura que es un lujo leer.

¿Qué hay de cierto de las escapadas de los estudiantes a las cuevas de Salamanca?

Daniel Romero dijo...

Las "Cuevas", Luz de Gas, no eran por entonces lo que luego he sabido que han llegado a ser. Sí había gente (sub)viviendo en ellas, y creo que una dedicada a juerga flamenca. Pero lo que sí es cierto que el "barrio de las putas" quedaba justamente detrás de la Pontificia.

Luz de Gas dijo...

Jajajajaj gracias por el apunte

Doria dijo...

Daniel,una vez más;meritísimus, meritísimus, meritísimus..
Doria