viernes 22 de mayo de 2009

San Gregorio, andarín





¿Pero cómo llamas a San Gregorio andariego, si se lleva todo el año encerrado en la ermita y sólo sale una vez al año para ir a la iglesia parroquial del pueblo y volver de nuevo a su sitio? Al ver el título, es la primera pregunta que me haría cualquiera de Conquista, que lo tiene por patrón (en la linda y humilde ermita de la última imagen de esta entrada).

Si patrón equivale de modo principal a protector o defensor, quien lleva por nombre “gregorio” parece nacido para serlo, porque se nos presenta como “el vigilante”, que es lo que significa el verbo griego “gregoréo”: estar vigilante, vigilar. Actitud necesaria para cualquier actividad protectora o defensora, y que ya nos hace pensar en una personalidad inquieta.

El San Gregorio patrón de Conquista aparece en los libros como San Gregorio Ostiense: un fraile benedictino, abad del Monasterio de San Cosme y San Damián en Roma, nombrado luego cardenal-obispo titular de Ostia, la ciudad portuaria de Roma a escasos veinticinco kilómetros del centro de la ciudad (de cuyas preciosas ruinas da cuenta la primera imagen), y encargado finalmente de la Biblioteca Vaticana. Hasta aquí, los datos generalmente admitidos, que nos presentan a un Gregorio más bien sedentario.

Aunque no hay noticia histórica cierta al respecto, parece que fue enviado por el Papa como legado ante los reinos de la península Ibérica, y las viejas tradiciones riojanas y navarras lo presentan predicando en estas tierras y haciendo discípulo suyo a Santo Domingo de la Calzada en tiempos del rey García. Por su oración y su vida santa obtuvo la liberación de una durísima plaga de langostas en los campos del Valle del Ebro, quedando aniquilados los terribles insectos y salvadas las cosechas. Se dice que murió en Logroño el 9 de mayo de 1044.

Relata la tradición que antes de morir dispuso Gregorio que sus restos se ataran a una cabalgadura y que, dejando al animal en libertad, se le diera sepultura allí donde la misma cayera por tercera vez y muriese. Esto ocurrió en las cercanías de la actual basílica (que recoge la segunda imagen de arriba), en el Valle de la Berrueza, en el término de Sorlada, donde se dio sepultura al santo. Por eso se lo conoce también como San Gregorio de la Berrueza.

Pasaron los años, y la memoria de los restos quedó en el olvido. Dos obispos, Pedro de Pamplona y Sancho de Bayona, de vuelta de su peregrinación a Compostela, quisieron saber el lugar desconocido en que se hallaba sepultado el cuerpo del santo. En el vecino pueblo de Los Arcos reunieron a los clérigos en una especie de sínodo, y a los tres días descendió un rayo de luz sobre el lugar de enterramiento. Cavaron y se sintió un olor suavísimo que descubrió los sagrados restos; los recogieron y los pusieron en una hermosa caja, donde siempre han sido venerados.

San Gregorio llegó a ser muy ampliamente conocido porque el relicario de su cabeza tiene dos orificios, uno en la parte superior y otro en la inferior, por los que entra y sale el agua después de haber estado en contacto con el cráneo del santo. Dicha agua se recoge y lleva a los pueblos para bendecir los campos contra todo tipo de plagas malignas, usándose también para la bendición de personas enfermas. El 9 de mayo llegan al santuario, en romería, desde numerosos pueblos, para recibir el “agua gregoriana”. Durante siglos la cabeza fue llevada a numerosos pueblos para ser venerada y bendecir los campos con ella. Hoy en día sus salidas están limitadas a unos cuantos valles navarros. Con ocasión de tales salidas muchos pueblos hacían el “voto de San Gregorio”. En 1756, a requerimiento del rey Fernando VI, la cabeza de San Gregorio fue llevada por media España para erradicar las plagas de langostas que asolaban las regiones de Extremadura, Andalucía, el área de Orihuela, Murcia, Teruel y Valencia. Seguramente es en este contexto en el que hay que explicar el patronazgo de San Gregorio en Conquista, como en otros muchos lugares de España.

Afortunadamente, los (a veces demasiado) eficaces medios químicos empleados cada vez más en la lucha contra las plagas del campo a partir de la mitad del siglo XIX permitieron un reposo merecido a santos como San Gregorio.

Pero está claro: si no todo el Santo, su cabeza sí puede considerarse andariega, hasta el punto de que en algunas regiones españolas es común el dicho “Andas más que la cabeza de San Gregorio”.

domingo 10 de mayo de 2009

La edad, una buena excusa




No me gusta la excusa de la edad: "Yo ya no estoy para esos trotes ; si acaso -dicen refiriéndose a los móviles- sólo para que me llamen". "¿Tú crees que a mi edad voy a ponerme ahora con la interné y su puta madre?", me decía un conocido hace poco, mostrando en el taco su propia desconfianza hacia la excusa que se daba. No; la edad no es una buena excusa, porque cuando algo no puede hacerse ya por los años no hay excusa que valga: no se puede y punto.
Pero Manuela mi mujer (es aquí donde quería yo insertar su foto en El Chorro) es un torrente paradójico: por ejemplo, está disfrutando a tope -y mira que le gusta disfrutar-, y suelta de pronto "Joder, ¡qué poco dura la vida!". Bueno, pues en su afición al disfrute se ha entregado durante unos meses a procurar el encuentro de la gente de su pueblo nacida en el mismo año que ella, es decir en 1949, con la excusa de que, según dicen las matemáticas, este año de 2009 todos ellos ("¡Esto es una mierda; la vida no dura nada!") cumplen los sesenta.
La edad -"¿Pero, Dan, no ves que esta piel de los párpados me tapa ya los ojos?", me insiste casi desde que nos casamos hace treinta y ocho años- ha sido en esta ocasión una certera y bendita excusa.
Conquista, el pueblo donde nació mi mujer y adonde acudí regularmente con mis hijos y acudo ahora a veces ya con mis nietas (aquí es donde yo quería que apareciera la foto de Leonor en el risco), está en un bello paraje -bello a pesar de no ser benigno- del Valle de Los Pedroches, en medio de encinares sin fin. Lo atraviesa el Arroyo Grande (el Arroyo de Pedro Fernández para los cartógrafos) , y a poco más de tres kilómetros pasa el río Guadalmez que separa Andalucía (Córdoba) de Castilla-La Mancha (Ciudad Real). Es blanco y de cielos sorprendentemente estrellados; la amplitud térmica es considerable, de modo que en invierno hace un frío húmedo endemoniado, dulcificado a mediodía por un sol nada timorato, y en verano un calor sólo soportable por el consuelo esperanzado de unas noches siempre fresquitas y hasta frías.
De este pueblo, en el que los niños y las niñas corrían por calles y campos sin controles inesperados y todos vivían al compás de tradiciones incuestionadas, la gente tuvo que irse en pocos años de manera despiadada. Basten estas cifras del Instituto Nacional de Estadística de España: al acabar la Guerra Civil, en 1940, había en Conquista 1.808 habitantes; en el año 1950 eran 2.192 y prácticamente los mismos (2.180) en 1960. Pero en 1970 pasaron a menos de la mitad: 1.063. Y en el último censo, de 2008, aparecen en Conquista tan sólo 479 personas, prácticamente las mismas que en 1991 (489 personas). Con la gente se fueron los pocos servicios que había y, sobre todo, se fue el tren: puesto en funcionamiento para enlazar la minería de Peñarroya-Pueblo Nuevo con la industria energética de Puertollano, se había convertido en medio vital incorporado al latido de las personas de los pueblos intermedios; desapareció al desaparecer o cambiar de naturaleza aquéllas.
No me resisto a hacer un excurso. Desde los primeros gobiernos del Psoe en España he oído hablar y leído insistentemente sobre población subsidiada, voto cautivo, voto agradecido, etc., frecuentemente en referencia sobre todo a Andalucía. Nunca he visto ni oído cuestionar la industria subsidiada de Asturias o del País Vasco o de Cataluña: la siderurgia, la naval, la automovilística, etc., cuyas reconversiones hemos pagado todos de nuestros bolsillos. Pues bien, Conquista (como tantos otros pueblos "subsidiados") contribuyó al desarrollo salvajemente planteado del tardofranquismo con el sufrimiento, que sólo cabría valorar poniendo a cada historia familiar nombres y apellidos, de la mitad de sus hombres y mujeres y niños y niñas. La denostada política de "economía subsidiada" junto con la disponibilidad de mejores servicios básicos (educación, sanidad, comunicaciones) ha permitido, entre otras cosas, que esa sangría parara a partir de los años 80 (609 habitantes en 1981/479 habitantes en 2008).
Bueno, a lo que íbamos: irse de Conquista no significó, ni mucho menos, olvidarla. De modo que Manuela y Moisés Cecilia, al escudarse en la edad para hacer una convocatoria abierta, acertaban de pleno: eran muchos los necesitados de reencontrarse con quienes jugaron, con los primeros amores imaginados, con las voces de su infancia, con las manías de sus maestros o maestras, con los apodos, con los recreos...
Yo, que no soy de Conquista ni del 49 (sino del 39), he sido testigo de las caras de felicidad que imperfectamente recoge la foto del grupo (que yo quería insertar aquí). Estuvimos allí setenta y una personas disfrutando con los conquisteños del 49.
¿Qué unía a los reunidos en la cena del día 8 pasado en El Albergue? Tal vez la mejor forma de contestar a esta pregunta pueda venir de hallar respuesta a la cuestión de por qué no estaban quienes podrían haber estado. Según el censo de 2008 , del quinquenio de edad entre los 55 y 59 años hay en Conquista 37 personas, más otras 24 del quinquenio de edad más joven y 26 del siguiente en edad. En total, 87 personas habitantes del pueblo en la actualidad son las que yo consideraría susceptibles de haberse sentido convocadas por los del 49. Entre pitos y flautas no sería descabellado pensar que hayan sentido la tentación o la mera curiosidad de responder positivamente un 10% de esa cifra, es decir una 7 u 8 personas. La realidad, en cambio, es que de todo ese grupo sólo una persona acudió a la convocatoria. Esta realidad nos señala la razón efectiva de la respuesta a la convocatoria: la ausencia. Los presentes en la cena estaban unidos y ¡paradójicamente! enlazados por la ausencia; los ausentes de ella consideran cosa natural la presencia y, como cosa natural, no necesitada de esfuerzo. Jorge Luis Borges resume tan bella como acertadamente lo que digo con estos versos de su Arte poética:

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.

miércoles 11 de febrero de 2009

Agustina de Aragón

Para la gente de mi edad la historia de España se encerraba, y quizás todavía se encierre por inercia, en unos cuantos capítulos. Uno de ellos, sin duda, llevaba el título de una película de nuestra infancia, "Agustina de Aragón", que muchos tal vez ampliábamos con la de "El tambor del Bruch". Era el capítulo casi último del heroísmo de los españoles, en este caso contra los franceses. Y, para no olvidarlo, ahí estaban en "El libro de España" de mis primeras lecturas escolares las fotos, luego convertidas en calles y monumentos, de Daoiz y Velarde y de Espoz y Mina.
El miedo al extranjero y muy en especial a los franceses que tenía mi abuela, y del que procuraba advertirnos como era obligado, desapareció con el primer viaje a Francia, por cierto en autostop y en compañía de mi amigo y paisano Juanito Duque, un hombre negado para los idiomas que, ya casi al final de nuestra estancia de diez días en París, se armó de valor y mirándome de reojo rojo como un tomate, abombando todo lo que pudo la boca, espetó a la tendera: "An limón sil vus plet".
Poco a poco los franceses pasaron a ser no digo la envidia pero sí inspiración muy relevante para muchos españoles de mi generación: las publicaciones de Ruedo Ibérico, los curas obreros, Bernanos, Camus, Sartre, el pensamiento europeísta y muchas otras cosas nos fueron llegando de allí. Y con el tiempo fue uno comprendiendo que, aunque se metieran en nuestra península por su interés, la Ilustración nos llegó de su mano y "afrancesados" fue el mote con que el integrismo patrio encasilló y dio por descartados los retos del Siglo de la Luces para nuestra tierra.
Todo esto pensaba anteayer mañana visitando en el Museo de Santa Cruz de Toledo la exposición que, con el título "España 1808-1814. De súbditos a ciudadanos" y bajo el comisariado del amigo Juan Sisinio Pérez Garzón, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Castilla-La Mancha, analiza con detalle y riqueza documental la sociedad española de finales del siglo XVIII y principios del XIX y el ambiente de ebullición intelectual que vivía la España de la época.
Cuando salí me sorprendí en la calle cabreado porque caí en la cuenta de que a mí ya me forzaron a la "Educación para la ciudadanía" y además sin posibilidad alguna de objeción.

jueves 5 de febrero de 2009

Mi memoria histórica

Uno de los últimos posts leídos de mi paisano Manolo Cayuela ha sido el aguijón definitivo para hablar de este tema palpitante no sólo por ser objeto frecuente de noticias, comentarios, tertulias radiofónicas, etc., sino sobre todo, en mi caso, porque me acosa e incluso me hiere cada vez más con la edad.
Y es que mi memoria, en el caso de la histórica, es no memoria, ausencia de memoria. "No deberías preocuparte -me diría cualquier amigo-, porque hay muchas cosas cuya memoria desaparece o que desaparecen de nuestros recuerdos".
Pero no. Se me agolpan muchos recuerdos. Me sorprende todavía escuchar al profesor de latín en tercer curso -trece años tenía yo- explicándonos, no sé a cuento de qué, que en el pueblo donde había estado de cura un día la guardia civil llevó a cabo una buena batida contra los "huidos" y, a los que cazó, los paseó por el pueblo terciados sobre burros y mulas, "como hacen en los pueblos con los lobos cuando alguien los mata". Veo todavía a la entrada del cementerio de mi pueblo, cada día de los difuntos, a unas cuantas mujeres de negro que, alguna con su sillita, se apostaban con retratos y velas plantados en el suelo y allí lloraban silenciosas, en un lugar sin tumbas donde "había gente enterrada". Todavía escucho la respuesta que el párroco de mi pueblo dio al hombre que, contratado para pintar la iglesia necesariamente sobre unas escaleras que me resultaban inmensas, le había planteado la conveniencia de un seguro: "Me estás pareciendo un poco rojillo tú", le dijo. Me quedo aún de una pieza intentando digerir la explicación del ilustre cordiamariano profesor de Moral Católica, que en la Universidad Pontificia de Salamanca, al tratar de la "guerra justa", vino a justificar las matanzas de las tropas de Franco en su avance por Extremadura porque -según le explicara un mando militar a uno de sus superiores- "padre, no podemos ir dejando enemigos en la retaguardia". Resuenan en mis oídos todavía los argumentos del clero de Huelva cuando un grupo de desaprensivos propusimos una homilía conjunta recomendando la abstención en el referéndum de los "veinticinco años de paz": "Es que los sacerdotes no deben meterse en política", insistieron...
Venero, en la distancia, a un señor que, siempre con corbata, chaqueta y abrigo, de formas educadas y hasta corteses, estuvo dándonos clase a mi hermano Manolo y a mí en alguna temporada en Los Pinos de Valverde. Sin duda, un maestro represaliado, deduzco ahora.
Y todavía se me hace presente el brillo de los ojos húmedos en el rostro serio de mi enjuto y viejo, querido, compañero del PSOE en Madrid cuando un día me dijo que también "nosotros cometimos muchas tonterías", y me contó que una mañana tempranito tuvo que cumplir, casi un niño, con la orden de matar; bajó la voz hasta quedársele en un susurro y añadió: "Eran seminaristas, y tenían caras de inocentes, esa es la verdad".
Son recuerdos, espaciados en el tiempo, variopintos. Pero siempre me siento como en falta, culpable. Debo haber vivido junto a mucha gente a la que no me fue posible demostrar mi solidaridad, con personas que no pudieron siquiera decirme su secreto. Y me irrita sobremanera que sea ahora, ya con muchos años, cuando por fin me entero de algunos de los sufrimientos que tejieron el oscuro fondo de la España de silencios sobre el que se desarrolló mi juventud.
En Nicaragua he tenido la ocasión de convivir con un ex-gerrillero sandinista, que luego fue jefe de una región militar y finalmente se acogió a los planes de desmovilización del gobierno sandinista. Hoy él y Esperanza, su mujer, son los principales animadores de la sociedad de desarrollo de Solentiname. Aparte de amante de la comida y temeroso del poder de la bebida, Bosco es poeta. Junto a poemas tan bellos y sencillos como éste:

Recordá que la vida no es siquiera
una milésima de segundo en el tiempo.
Pero un beso tuyo basta para detenerlo,

tiene en su antología publicada este otro, inquietante:

Hermano guardia, perdona
que tenga que afilar bien la puntería al dispararte,
pero de nuestros disparos dependen
los hospitales y las escuelas que no tuvimos,
donde jugarán tus hijos con los nuestros.
Sabé que ellos justificarán nuestros disparos,
pero los hechos por vos serán vergüenza de tu generación.

En un rato de charla amistosa le dije que me había impresionado mucho su "poema del guardia". El silencio fue su respuesta

domingo 21 de diciembre de 2008

El Padre Joselito y el Cardenal Cañizares



He estado hace unos días en Nicaragua acompañando a mi amigo Manuel Eugenio en sus tareas de ayuda al desarrollo de gente de allí. Cuando pienso en escribir algo sobre el viaje se me imponen, por más que me resista una y otra vez, dos experiencias distantes, muy distantes incluso, entre sí, pero ensartadas para mí en los extremos de un mismo hilo.
En la ciudad de Granada, en la orilla norte del lago de Nicaragua (el Cocibolca), me acerqué, cómo no, a la catedral, un edificio neoclásico que te salta a la vista en El Parque (la plaza). Era media mañana; la plaza estaba salpicada de puestos de todas clases (perritos calientes, refrescos, chucherías...) y de limpiabotas, con una abundancia que la inexistencia de clientes hacía más llamativa (es lo que malamente recoge la foto que blogger ha decidido publicar en segundo lugar y antes que el texto y no, como yo , ignorante, quería, insertada aquí). Me gusta visitar los templos porque, más allá de su arquitectura y su imaginería, son depósitos siempre actuales y sugerentes de la cultura, la historia y la forma de vida, de la gente. Estaban las puertas abiertas; el espacio, luminoso, se hallaba lleno de bancos prácticamente vacíos y cinco o seis personas bisbiseaban oraciones, o más bien parecía que penas, ante algún altar lateral. A la salida me puse a curiosear los carteles donde se anunciaban cosas de interés para los creyentes. Y me tropecé con el del Padre Joselito.
En el centro mismo del cancel de la Catedral estaba el cartel objeto de la fotografía que blogger, de nuevo supliendo diligente mi falta de pericia, ha colocado en primer lugar: "Ven, el Señor te llama. Gran jornada de sanación y liberación con el Padre Joselito".
Se me agolparon las ideas y también, he de confesarlo, la indignación. Fue en Nicaragua donde el Papa Juan Pablo II tuvo la indelicadeza de reprender públicamente al cura Ernesto Cardenal por formar parte de un gobierno revolucionario; es en América Latina principalmente donde el Vaticano ha luchado y sigue luchando sin descanso contra cuantos intentaron que el conocimiento de Dios (teología) fuera germen de liberación y salud de los hombres. ¡Nada de eso! Para quienes, como los pobres que había a las puertas mismas de aquel templo, es necesario agarrarse a cualquier clavo ardiendo que se les presente, incluso al de vender a nadie lo que sea, ¡lo aconsejable es acudir a que el padre Joselito les imponga sus manos en un gran día de sanación y liberación!
Al poco de volver a Toledo me encontré con la noticia de que el cardenal Cañizares pasaba a mejor vida como prefecto de la "Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos". (¿Alguien se imagina -dicho sea de paso- al hijo de un carpintero en una aldea perdida de Palestina teniendo que explicar lo que es un cardenal, un prefecto y una "Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos"?) El caso es que enseguida me acordé del Padre Joselito. ¿Estaría entre las tareas del atiplado nuevo prefecto la de llamar la atención al obispo de Granada, en Nicaragua, por permitir e incluso invitar a que la gente vaya a poner sus cabezas bajo las manos extendidas de este nuevo taumaturgo que asegura en jornadas la deseada sanación y liberación?
Pero no son para eso las congregaciones vaticanas. Todavía está por ver que hayan expedientado a un pensador por interpretar al pie de la letra pasajes de acciones imposibles relatadas como milagros por la tradición popular de hace miles de años y así recogidas en algún libro de la Biblia; pero sí ha habido muchos biblistas condenados al ostracismo por pregonar que, para entender lo que según su fe Dios dice en la Biblia, hace falta utilizar los instrumentos de crítica textual, de interpretación de textos, contexto cultural etc. que ayudan a comprender lo que dicen unos hombres a través de cuya palabra Dios se expresaría. Sobran los ejemplos: no conozco un caso de heterodoxia condenado por el Vaticano consistente en defender principios retrógrados aunque sean máximos; sí están a la orden del día, en cambio, los apercibimientos y las condenas de quienes avancen explicaciones religiosas mínimamente progresivas. La conservación es salvadora; la innovación tiene siempre tufillo de heterodoxia.
¡Felices fiestas a todos!



Mi memoria histórica

Uno de los últimos posts leídos de mi paisano Manolo Cayuela ha sido el aguijón definitivo para hablar de este tema palpitante no sólo por ser objeto frecuente de noticias, comentarios, tertulias radiofónicas, etc., sino sobre todo, en mi caso, porque me acosa e incluso me hiere cada vez más con la edad.
Y es que mi memoria, en el caso de la histórica, es no memoria, ausencia de memoria. "No deberías preocuparte -me diría cualquier amigo-, porque hay muchas cosas cuya memoria desaparece o que desaparecen de nuestros recuerdos".
Pero no. Se me agolpan muchos recuerdos. Me sorprende todavía escuchar al profesor de latín en tercer curso -trece años tenía yo- explicándonos, no sé a cuento de qué, que en el pueblo donde había estado de cura un día la guardia civil llevó a cabo una buena batida contra los "huidos" y, a los que cazó, los paseó por el pueblo terciados sobre burros y mulas, "como hacen en los pueblos con los lobos cuando alguien los mata". Veo todavía a la entrada del cementerio de mi pueblo, cada día de los difuntos, a unas cuantas mujeres de negro que, alguna con su sillita, se apostaban con retratos y velas plantados en el suelo y allí lloraban silenciosas, en un lugar sin tumbas donde "había gente enterrada". Todavía escucho la respuesta que el párroco de mi pueblo dio al hombre que, contratado para pintar la iglesia necesariamente sobre unas escaleras que me resultaban inmensas, le había planteado la conveniencia de un seguro: "Me estás pareciendo un poco rojillo tú", le dijo. Me quedo aún de una pieza intentando digerir la explicación del ilustre cordiamariano profesor de Moral Católica, que en la Universidad Pontificia de Salamanca, al tratar de la "guerra justa", vino a justificar las matanzas de las tropas de Franco en su avance por Extremadura porque -según le explicara un mando militar a uno de sus superiores- "padre, no podemos ir dejando enemigos en la retaguardia". Resuenan en mis oídos todavía los argumentos del clero de Huelva cuando un grupo de desaprensivos propusimos una homilía conjunta recomendando la abstención en el referéndum de los "veinticinco años de paz": "Es que los sacerdotes no deben meterse en política", insistieron...
Venero, en la distancia, a un señor que, siempre con corbata, chaqueta y abrigo, de formas educadas y hasta corteses, estuvo dándonos clase a mi hermano Manolo y a mí en alguna temporada en Los Pinos de Valverde. Sin duda, un maestro represaliado, deduzco ahora.
Y todavía se me hace presente el brillo de los ojos húmedos en el rostro serio de mi enjuto y viejo, querido, compañero del PSOE en Madrid cuando un día me dijo que también "nosotros cometimos muchas tonterías", y me contó que una mañana tempranito tuvo que cumplir, casi un niño, con la orden de matar; bajó la voz hasta quedársele en un susurro y añadió: "Eran seminaristas, y tenían caras de inocentes, esa es la verdad".
Son recuerdos, espaciados en el tiempo, variopintos. Pero siempre me siento como en falta, culpable. Debo haber vivido junto a mucha gente a la que no me fue posible demostrar mi solidaridad, con personas que no pudieron siquiera decirme su secreto. Y me irrita sobremanera que sea ahora, ya con muchos años, cuando por fin me entero de algunos de los sufrimientos que tejieron el oscuro fondo de la España de silencios sobre el que se desarrolló mi juventud.
En Nicaragua he tenido la ocasión de convivir con un ex-gerrillero sandinista, que luego fue jefe de una región militar sur y finalmente se acogió a los planes de desmovilización del gobierno sandinista. Hoy él y Esperanza, su mujer, son los principales animadores de la sociedad de desarrollo de Solentiname. Aparte de amante de la comida y temeroso del poder de la bebida, Bosco es poeta. Junto a poemas tan bellos y sencillos como éste:

Recordá que la vida no es siquiera
una milésima de segundo en el tiempo.
Pero un beso tuyo basta para detenerlo,

tiene en su antología publicada este otro, inquietante:

Hermano guardia, perdona
que tenga que afilar bien la puntería al dispararte,
pero de nuestros disparos dependen
los hospitales y las escuelas que no tuvimos,
donde jugarán tus hijos con los nuestros.
Sabé que ellos justificarán nuestros disparos,
pero los hechos por vos serán vergüenza de tu generación.

En un rato de charla amistosa le dije que me había impresionado mucho su "poema del guardia". El silencio fue su respuesta







lunes 17 de noviembre de 2008

Las bodas de mis hijos

Hace un par de noches llegué de la boda del hijo de un amigo. Todo resultó, como dijo luego e indujo a decir a una concursante la presentadora de Se llama copla –ese programa de la tele andaluza que me gusta casi tanto como me impacienta-, "muy reconfortable". Pero -¡no hay quien mande en la cabeza!- entre ceremonia y copas, platos y charlas, estuve dándole vueltas a las bodas de mis hijos, dos de ellos presentes entre los amigos de los novios.
Hace unos cuarenta y cinco años vino a verme una pareja: el hombre, muy joven, bastante alocado y dado entonces a la aventura, se había embarcado un buen día rumbo a Brasil con idea de comerse el mundo; si no todo, el que le dejaran. En el barco conoció a una de las bailarinas del espectáculo de a bordo que, más avisada, se lo comió a él. Y cuando desembarcó, se encontró prácticamente casado ¡con todas las de la ley! Vamos, canónicamente. Aquel matrimonio duró lo que había durado su ilusión de libertad.
De vuelta ya a España, al cabo de los años se enamoró de la mujer que lo acompañaba. Para ella era el hombre –primero y único- de su vida, y ella para él, el amor que tal vez imaginó que encontraría saliéndose de la estrechura de su entorno familiar. Para los padres, él había encontrado por fin a una mujer buenísima y sentado la cabeza, y ella había dado con un hombre bien situado y formal, con todo el mundo por correr ya recorrido.
Pero, me decían quienes después de contarme todo eso eran ya mis amigos, no podían casarse, porque en aquella España de los años sesenta él figuraba como casado en todos los libros fehacientes, ni tampoco querían dar a sus padres el disgusto de vivir amancebados. Buscamos una solución: la misma Iglesia me había enseñado que la "materia" del sacramento del matrimonio era el amor y que por eso sus oficiantes eran los propios novios. Así que, como allí había amor bien templado, busqué el marco adecuado –un templo-, fijamos una fecha y en el día señalado celebramos una boda por todo lo alto, cura (yo), lógicamente, incluido. ¡Y hasta hoy!
Años más tarde traté a un hombre, verdaderamente desgraciado a juzgar por los relatos de su vida que el propio interesado ofrecía, que, católico hasta por sangre, andaba en pleitos por deshacer el "vínculo" canónico de un matrimonio cuya raíz no había sido más que una "ignorancia invencible", según dictaminó al final la Rota.
Por último, conocí en el mundo editorial a un amigo a quien su comunidad de vecinos, con el celo que caracteriza por doquier a esta especie de senados populares en los barrios con visos de ascenso social y los hacía notables sobre todo en Madrid, había denunciado junto con su compañera por "amancebamiento". Y andaba buscando alojo en barrios de menos fuste y más comprensión. En efecto, en el católico franquismo las queridas sí podían admitirse, porque el pecado al que lleva la comprensible flaqueza de la carne se perdona, pero maltratar públicamente la santa institución del matrimonio (y la familia), eso, no.
Con estas premisas a mi mujer y a mí nos han resultado del todo naturales las bodas de nuestros hijos: el uno se casó, creemos, desde el mismo día en que vino impresionado de la universidad porque se había fijado en los ojos de una compañera (y no me extrañaría que ella, espabilada, hubiera reparado ya antes en los de él), que le borraron para siempre las escasas ganas que lo habían llevado a los libros de Derecho; la otra, con las chispas que parece que caldearon un viaje estudiantil a zonas más frías y de aguas embravecidas en España; y el tercero, porque se derrumbó ante la ternura y cercanía de unos torpes pasos de baile que se le habían antojado imposibles. Los tres viven en compañía cada cual de la persona que quieren y porque se quieren, es decir porque día a día vienen oficiando su matrimonio, desde hace ya más años de los que duran hoy estadísticamente los matrimonios oficialmente indisolubles.
Hay una característica casi tautológica de la sociedad libre que me gusta sobre todas: la posibilidad de practicar la libertad individual con lo que ésta conlleva de responsabilidad y compromiso; y, consecuentemente, en su organización jurídica y política, la progresiva reducción de las instituciones convenidas para acercarse al mínimo estimado necesario para la expansión individual.
A veces siento que los que así pensamos no acabamos de dar con formas nuevas de celebrar juntos los grandes momentos de la vida personal de quienes queremos. Quizá, pienso yo, haya que deconstruir las formas más tradicionales y multiplicar los momentos de alegría compartida. O sea: ¡más juerga y más cariño a diario!