jueves, 16 de abril de 2020

Democracia y periodismo

[Nota previa: Llevaba ya unos cuantos días dándole vueltas al tema del título, cuando esta mañana me he desayunado con el cabreo de profesionales de la información españoles porque el CIS (que ahora llaman "de Tezanos") ha publicado en su último barómetro esto: 


La palabra periodismo me evoca, lo primero, un tiempo y un escenario inolvidables: los últimos años cuarenta y los años cincuenta, en la casa grande donde pasamos la niñez completa casi todos mis hermanos y yo, en el número 30 de la Calleja (luego he sabido que "de los Carpinteros"), en Valverde del Camino. Diariamente llamaba al portón, o lo traspasaba directamente, Quintero, el padre de nuestro vecino José Jesús, y dejaba en la mesita de la entrada el periódico del día.

Era el periódico por excelencia en aquellas tierras, el ABC de Sevilla. Tampoco es que eso le asegurara una difusión excesiva; pero sus hojas permitían, aparte de conocer las noticias del día, enterarse a tiempo de defunciones, bodas, bautizos y cosas así. Por añadidura, ya leídas, divididas en cuatro partes, cubrían las necesidades de papel de un váter, al fondo del corral, que visitaban no menos de once culos al día.

El periódico me traslada, luego, a un tiempo y a un lugar muy diferentes: los primeros años sesenta, y Roma. Casi todas las personas que abarrotaban los tranvías camino de sus quehaceres se entretenían con al menos un periódico. Il MessaggeroIl TempoL’Unità… Me llamaba la atención la abundancia de cabeceras y que éstas no presumieran de “diario independiente” sino, al contrario, mostraran sin tapujos, todas ellas, la tendencia político-social que el lector había buscado o no tardaba en descubrir en la línea editorial respectiva. Era la época de la apertura a sinistra de la política italiana, de Aldo Moro, del inmediato posconcilio; para mí, llegado de la España iletrada de Franco, el descubrimiento de la democracia.

Periodismo y democracia, pues. Por eso atrajo mi curiosidad un libro aparecido hace poco en Estados Unidos: Democracy without Journalism? (¿Democracia sin periodismo?), de Victor Pickard, profesor en la Annenberg School for Communication de la Universidad de Pennsylvania. Aunque el autor se centra en la realidad estadounidense, mi sensación cuando lo leo es que habla de Toledo, Madrid o Barcelona, sólo que, en vez de Torras, Juanma Moreno o Casado, salen Trump u otros nombres raros.

 

Datos para la alarma

En la carrera electoral de 2016, que acabó con él en la Casa Blanca, algunas emisoras le regalaron a Trump miles de millones de dólares en publicidad, muchas veces por el simple hecho de permitirle entrar telefónicamente  en programas de gran audiencia. Y los análisis de contenido indican, además, que los principales informativos dedicaron escaso espacio a las posiciones políticas de los candidatos, mientras que fue torrencial la mala información circulante por las redes sociales. 

Merece la pena una visión resumida de qué es lo que falla. Los defectos nucleares del sistema mediático actual son tres:

1) Un excesivo mercantilismo que busca programaciones en las que entretener vale más que informar. Son ilustrativas unas declaraciones del que fue consejero delegado de CBS Leslie Moonves, ahora ya desprestigiado: “[La candidatura de Trump] puede no ser buena para América, pero ¡caray, sí que lo es para CBS!... La máquina de dinero funciona y eso está bien … va a ser un muy buen año para nosotros …  Dale, Donald. Sigue adelante”.

Tan importante o más es todo lo que esta clase de información obvia o deja fuera del campo de visión: la creciente desigualdad de rentas, el racismo institucional, el colapso medioambiental y otros problemas severos agravados por determinadas políticas. Son temas casi irrelevantes para el periodismo.

2) El segundo problema del actual sistema informativo está en la tremenda cantidad de mala información que circula en las plataformas sociales, especialmente en Facebook, de cuya temeraria conducta se adivina una doble causa: la maximización de los ingresos publicitarios y, más en general, la falta de regulación de un poder monopolístico. El encauzamiento del flujo de mala información se confía a algorritmos. 

3) Y el tercer fallo sistémico consiste en un el lento pero seguro colapso estructural del periodismo profesional. Conforme cae el apoyo mercantil a la producción informativa, disminuye el número de periodistas empleados. Desde el año 2000 las salas de redacción de la prensa escrita han perdido más de la mitad de sus empleados.  

Y, sin embargo, los periódicos siguen aportando el grueso de los reportajes originales, haciendo de pesebre informativo de todo el sistema. Cualquier observador profano se da cuenta de que la cobertura informativa de televisión es deudora típicamente de capítulos cubiertos por los periódicos del día. En los noticieros por cable más importantes frecuentemente la rutina del servidor consiste en leer para sus clientes lo esencial de los titulares del último periódico aparecido. Y lo mismo puede decirse de los contenidos informativos de las redes sociales.

En particular, es innegable el aumento de “desiertos informativos”, áreas enteras privadas de cobertura por parte de medios informativos y de posibilidades de información fiable. Esta falta de información y estos déficits informativos perjudican en modo desproporcionado a grupos y áreas específicos, especialmente comunidades de color, zonas rurales y barrios socioeconómicos más bajos.

Tomados en conjunto, estos fallos estructurales en el sistema informativo crean las condiciones ideales para lo que podemos llamar “sociedad de la mala información”: un electorado al que se sirve cada vez más cobertura informativa sensacionalista, golpes de click y periodismo degradado, en lugar de programas informativos sobre hechos y relacionados con la política.

Desde los años 1800 la prensa de EEUU funcionó a la vez como negocio y como bien público: el periodismo servicio público aspira a informar, iluminar, mantener sometido a examen al poderoso y ofrecer un foro de visiones y voces diversas; pero motivos de lucro están llevando a los medios comerciales a entretener, vender publicidad, tener satisfechos a los accionistas y hacer todo el dinero posible.

El texto fundacional de John Milton, la Aeropagitica, inspiró la noción liberal clásica de que la idea mejor salta de modo natural al primer plano cuando se permite airear plenamente visiones y voces diversas. Otra obra seminal, On Liberty de John Stuart Mill, celebraba libertades tales como la libertad de expresión, y avanzó la noción utilitarista de que, si no perjudica a otros,  una mayor libertad de los individuos procura un bien mayor. Escribía él que “no es deseable la unidad de opinión si no es resultado de la más completa y libre comparación de opiniones contrapuestas, y la diversidad no es un mal, sino un bien”. En otras palabras, todas las voces y puntos de vista merecen ser oídos debidamente, no sólo por la libertad de hablar y expresarse, sino también para asegurar que la gente tenga acceso a una información plural. A partir de formulaciones como éstas los pensadores liberales llegaron a defender un ideal de libertad de prensa que alentó la pluralidad de ideas y el debate vivo. Son textos que prefiguraron el motivo “mercado de ideas”, que no cristalizó hasta mucho más tarde. El juez del Tribunal Supremo estadounidense Oliver Wendell Holmes argumentaba en 1919  que “el último bien deseado se alcanza mejor por el libre comercio de ideas, que la mejor prueba de verdad es la capacidad misma de la idea de ser aceptada en medio de la competencia del mercado”. Después la “competencia del mercado” se convirtió en el “mercado de ideas”, expresión que connota un dominio abierto al libre flujo de información y expresión. Pocas metáforas han tenido tanta fuerza a la hora de describir un ideal democrático. Invocar el “mercado” hace la frase más aguda, y también más problemática. Como señala el historiador Sam Lebovic, se dieron “profundas ironías” en el hecho de que este concepto emergiera en el momento justo en que el mercado estaba corrompiendo las instituciones mediáticas haciéndolas más concentradas, basadas en los consumidores y mercantilizadas, y menos receptivas a un mercado de voces y visiones diversas. 

Las contradicciones clásicas del liberalismo saltan a la vista cuando se analizan los ideales normativos subyacentes -y muchas veces no examinados- en los medios informativos. Por ejemplo, el modelo “mercado de ideas” sugiere que el sistema mediático mercantil es una meritocracia en la que la idea mejor consigue la aprobación pública, lo que implica que la competición capitalista es lo que mejor sirve a la comunicación democrática. Al poner el énfasis en el juego limpio y en la igualdad de oportunidades, esta metáfora da por supuesto un campo de juego relativamente neutro que alienta el igualitarismo de forma natural. Pero los constructos liberales, incluida la noción verdadera de “esferas públicas”, con frecuencia tienen puntos ciegos en el caso de las desigualdades estructurales. Así sucede especialmente con las desigualdades nacidas del actual mercado capitalista, que el liberalismo trata con frecuencia como un árbitro neutral. La incapacidad del liberalismo para hacer frente efectivamente a exclusiones estructurales -como el racismo, el clasismo y el sexismo- lo hacen menos compatible con concepciones de justicia redistributiva más radicales. El liberalismo, además, privilegia los derechos de propiedad privada de los individuos por encima de las necesidades colectivas de la sociedad. En política mediática esta priorización ha llevado históricamente a un laissez-faire que trata a los medios como mercancías privadas cuyo valor viene dictado por el mercado. Esta clase de tratamiento no privilegia voces, representaciones y perspectivas plurales, ni garantiza el acceso a los medios a todas las comunidades y grupos sociales. Mientras ve rápidamente en la censura gubernamental un serio problema para la prensa libre, el liberalismo tiende a ignorar omisiones y constreñimientos recurrentes impuestos por la “censura del mercado”. 

La fe indefectible del liberalismo en el mercado como vehículo óptimo de un sistema mediático democrático alimentó una crítica radical desde los años 1800. Dicho con otras palabras: las teorías de prensa liberales se centran sobre todo en proteger a la prensa de la intervención del Estado más que en asegurar que la gente tenga acceso a la prensa. La dicotomía imperfecta entre libertad positiva (para algo) y libertad negativa (frente a o contra algo) pone de manifiesto cómo la preocupación típica de los liberales tradicionales es proteger la libertad individual frente a la tiranía de los gobiernos, mientras que con frecuencia tienen menos que decir sobre la mejora de las libertades positivas, entre las que cabe incluir la de ensanchar de la propiedad de los medios, mayor pluralidad de visiones y voces en los medios informativos, y una ampliación del acceso a sistemas e infraestructuras de comunicación para más miembros de la sociedad, especialmente aquellos grupos que con frecuencia son más marginados. Estas tensiones entre los ideales liberales de lo que la prensa debería hacer en una sociedad democrática y las restricciones estructurales impuestas por el mercado se remontan a los comienzos mismos de la República.

 

domingo, 5 de abril de 2020

Obviaverunt



Esta mañana mi hermano Silio (José Manuel) nos ha saludado en el grupo de whatsapp que tenemos los hermanos cantando desde su encierro el Pueri hebraeorum … He caído en la cuenta de que este domingo comenzaba la Semana Santa.
El Domingo de Ramos se une en mis recuerdos con tres vivencias, y no sabría decir si una de ellas tiene más intensidad que las otras.
La primera: mi hermano Manolito y yo, y supongo que los otros hermanos también, estrenábamos algo. Nos llevamos un año casi justo, y nos vestían iguales.
La segunda, la de los ramos. Pero ésta, doble: la vivencia común de los ramos, y la envidia de las inalcanzables palmas. Porque, en mi pueblo al menos, sólo llevaban palmas la gente muy principal.


La tercera es el canto procesional con el que ha iniciado el día mi hermano José Manuel y que todos entonábamos lo mejor que podíamos diciendo vete a saber qué: Pueri hebraerum portantes ramos olivarum obviaverunt domino…


Siempre me ha llamado la atención este vocablo del latín tardío, obviaverunt, que no recuerdo habérmelo encontrado en otro texto. “Los hijos de los hebreos, llevando ramos de olivos, salieron al encuentro del Señor…”. En el español actual, por cierto, sí me encuentro derivados suyos: el verbo obviar,  con el sentido de “evitar, rehuir, apartar y quitar de en medio obstáculos o inconvenientes” (en la lógica de que lo que a uno le sale al encuentro se le opone, le estorba); y el adjetivo obvio (con su substantivo obviedad), con el significado de evidente, que salta a la vista porque está delante.

jueves, 2 de abril de 2020

Conocimiento, noticia, chisme


Noticia y conocimiento son lo mismo. “¡Anda allá!”, me dirá más de uno, incrédulo, harto de tener que huir muchas veces de las noticias para alcanzar algo de conocimiento.
Pues sí. Nuestros antepasados romanos llamaban al conocer noscere, y a su fruto, es decir a la acción consumada o a lo ya conocido, notum. Conocer, tener conocimiento de algo. A partir de este significado de base, la lengua latina fue haciendo sus florituras: Tácito se refiere a las “res quae a praetoribus noscebantur”, las cosas que eran competencia de los pretores, y Plauto habla de conocer una excusationem para decir que se ha admitido la disculpa, mientras Cicerón se despacha en una de sus invectivas: “Illam partem excusationis nec nosco, nec probo”, aquella parte de la excusa ni la admito ni la apruebo.
Pero los romanos también tuvieron sus abuelitos; entre otros, muy importantes, los griegos. Y de éstos precisamente heredaron lo de noscere. Es muy interesante seguir el rastro, porque guignósco, de cuyo aoristo égnon proviene nuestro latinajo, quiere decir propiamente aprender a conocer, llegando a ser sinónimo de captar la causa de algo (en Platón, por ejemplo). Es lo que exige Aristóteles en su Retórica: gnózi seautón (no seas capullo, aprende a conocerte a ti mismo).
Las palabras son como los árboles: mientras más se alejan de la raíz más abarcan y menos recias se hacen, menos fuerza tienen. Progresivamente este radical aprender a conocer fue incluyendo el simple reconocimiento (de la voz, por ejemplo); pero, con acertada picardía, no abandona su vocación de profundidad y gana la candidatura para significar la relación sexual entre hombre y mujer (siendo él, machistas como eran todavía, el sujeto de la acción).
De notum a notitia no hay más que un paso. Y, efectivamente, por empezar por la indicación última, César no tiene empacho en referirse con la palabra noticia al comercio con mujer; Cicerón, menos castrense, llama notitiae rerum a las ideas que el espíritu se forma de las cosas. Y Ovidio se explaya y canta: virtus notitiam serae posteritatis habet, o sea que “la virtud tiene consigo el conocimiento de la posteridad más lejana”

¿Qué queda de todo esto en nuestros noticieros, en las news de las angloparlantes, en las nouvelles francesas o en las Nachrichten germánicas?
Básicamente una cosa, y sólo una: que, cuando se conoce algo que antes no se conocía, ese algo es nuevo. La novedad. El campo semántico se hizo tan insignificante  que a los ingleses les dio vergüenza y en los siglos XVII y, sobre todo, XVIII explicaban tan tranquilos que su news era un acrónimo formado con las iniciales de North, East, West y South, abarcando así la universalidad de los cuatro puntos cardinales. No me extraña el brexit.

Y quedan los chismes, el chismorreo. Chisme viene del griego sjisma (= escisión), de nuestro “cisma”, que tan malos nos ha hecho imaginar siempre a los ortodoxos orientales. Por eso la RAE dice que, coloquialmente, chisme es “noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna”.
Ea, y ahora, para conocer el mundo en que vivo (incluido “este gran país que es España”) y sus actuales circunstancias, me pongo ¿a leer los periódicos que todavía salen en papel, o los que sólo son digitales?, ¿a escuchar programas radiofónicos informativos o de opinadores?, ¿a ver TV?, ¿a recorrer con avidez el chismorreo de lo que llamamos redes sociales?

Cualquier cosa, creo yo, siempre que alejarse en exceso de las raíces no derive en un buen porrazo.

martes, 31 de marzo de 2020

Negocio y política


Negocio y política

Escuchando ayer a Lledó en el notable capítulo que le dedicó el “Imprescindibles” de la 2, me animé: “Anda, Daniel -me dije-, olvídate de noticias periodísticas, de fuera y en lenguas modernas, y vete a las raíces”. Y con las raíces me quiero hoy enredar.
Esto de la pandemia nos está trayendo a todos, además del coronavirus y sus peligros, jaleos, negocios muchas veces innecesarios e idiotas.
Para los romanos el negocio no era algo positivo, deseable; era el nec-otium, la negación de lo que de verdad importaba: el ocio. Negocio sonaba a ocupación, ajetreo, pleitos, trabajo, dificultades. La vida de verdad era el otium, el ocio, que equivalía a calma, paz, tranquilidad. De todos es conocida la oda de Horacio “Beatus ille qui procul negotiis…” tan magistralmente transmitida por la Oda a la vida retirada de Fray Luis de León. Y Fedro tiene una conocida fábula, la del perro y el cocodrilo, basada en la fama de que los perros del Nilo bebían en el río corriendo por temor a los cocodrilos:
Bebiendo un perro en el Nilo
al mismo tiempo corría.
"¡Bebe quieto!", le decía
un taimado cocodrilo.
Díjole el perro, prudente:
"Dañoso es beber y andar;
pero ¿es sano el aguardar
a que me claves el diente?"
¡Oh, qué docto perro viejo!
Yo venero su sentir
en esto de no seguir
del enemigo el consejo.
Este “bebe quieto” que en la versión de nuestro Samaniego el cocodrilo le sugiere al perro, Fedro lo expresa con un “quamlibet lambe otio”, o sea: “lame cuanto quieras con calma”.
Merecería la pena aprovechar este retiro forzado de la actividad ordinaria para hacer como Ovidio, que llamaba a sus versos “mis ocios” (otia mea).

Esto de los negocios me lleva a la política.
En el mencionado programa de Emilio Lledó se hizo frecuente referencia al término griego “pólis”, del que deriva el adjetivo “politicós”, cuya carga semántica sigue una gradación que va desde la igualdad de derechos de los ciudadanos, la igualdad civil, hasta la simple capacidad de vivir en sociedad, pasando por cuanto concierne al Estado (por ejemplo, el hombre de Estado, o el leguaje político frente al literario), la habilidad en la administración de los bienes públicos, lo que conviene a los asuntos públicos o quien tiene el favor de los ciudadanos. Quien vive o se considera fuera del Estado, de la “pólis”, es un simple particular, un “idiótes”, de donde viene nuestro idiota.

En éstas estaba cuando me enteré ayer de la noticia de las mascarillas en mal estado que le han colado hace un par de días al prepotente Gobierno holandés. Y algo más tarde, estando coleando todavía la sesgada controversia por la partida de detectores rápidos de COVID-19 devuelta por el Gobierno español, me llegó un e-mail del Psoe de CLM con este texto: “Castilla-La Mancha es la primera región que consigue los test (sic) rápidos y los valida con éxito. Hoy se empiezan a distribuir”. Poco después, en la SER, el Consejero de Sanidad daba cuenta de haber comprado una partida de detectores serológicos adquiridos en China, en un mercado que él no dudó en calificar de verdadero “zoco”.

Todos los días sigo con interés las ruedas de prensa que dan desde Moncloa porque son políticas y no alteran el ocio que necesito para hacer frente con mis conciudadanos a esta pandemia. Pero las idioteces me perturban el ocio proporcionado por esta inactividad forzada.

(publicado en mi muro de Facebook el 30.3.2020)

martes, 24 de marzo de 2020

Mensajes de whatsapp Compartir Reenviado

Define la Wikipedia whatsapp como ”una aplicación de mensajería para teléfonos inteligentes, en la que se envían y reciben mensajes mediante Internet. Y luego especifica que “también los usuarios de la libreta de contacto pueden crear grupos, enviarse mutuamente imágenes, documentos, ubicaciones, contactos, vídeos y grabaciones de audio, realizar llamadas y videollamadas, entre otras funciones”.
Sin que haya tenido que leer esta entrada de la Wikipedia, el usuario de whatsapp sabe que con la aplicación sólo puede intercambiar mensajes con quien esté en la libreta de contactos de su móvil y lo tenga a él en la del suyo. En mi agenda de contactos sólo figuran  familiares, amigos e ítems utilitarios. Los mensajes que me llegan de los dos primeros colectivos, los abro siempre con cierta impaciencia y suelen alegrarme; del tercer colectivo sólo me llega algún mensaje ya esperado (el mecánico de la lavadora que ya va a venir a casa). 
Pasar del mundo analógico al digital resultó todo un alivio, porque abrir el buzón se había convertido en una pena: te lo atiborraba de folletos y pasquines la propaganda, mientras amigos y familiares se habían olvidado ya de la mensajería postal. Sólo las navidades, una invitación de boda o alguna cada vez más rara postal de un ilusionado viajero devolvían algo de calor al odioso buzón.
Y whatsapp permite también, bendita cosa,  “crear grupos”. Yo formo parte permanente de varios (con mi mujer y mis hijos, juntos y por separado, con mi mujer y cada una de mis dos nietas mayores, y con mis hermanos), y he estado también en algún grupo temporal de amigos para la comunicación cruzada con motivo de algún propósito compartido.
Pero esta misma facilidad digital, que nos multiplica y agiliza las posibilidades de comunicación, confunde también las mentes y, no digamos, los dedos de muchos. ¡Ay, si yo hubiera descubierto a un vecino echando en mi buzón propaganda llegada al suyo! Y creo que el mismo sentimiento tendrán quienes esto leen.

Hace algo más de un año recuperé la relación con un amigo de esos con los que la comunicación fluye enseguida porque su sostén se tejió en los años de la adolescencia y la primera juventud, y además en un internado. Habíamos dejado de frecuentarnos hace bastantes años, y fue él quien llevó la iniciativa: me llamó a mi teléfono fijo, y me dio un alegrón grande. Tras colgar le envié mi número de móvil. 
Justo al día siguiente me reenvió (pasó de su buzón al mío) este mensaje: 
Compartir Reenviado Vais a alucinar seguro ¡ IMPRESIONANTE ¡ ¡ …” (unos signos de admiración muy grandes, todos de cierre, con doble espacio entre ellos y de color cárdeno). El mensaje continuaba tratando ya al lector en segunda persona del singular, lo invitaba a operar sobre el enlace de una maravilla turística, y terminaba: ”Ademàs (con acento grave) puedes acercar y mover … Una pasada…”. Busqué en vano alguna nota en la que mi amigo me indicara, no sé, qué emociones o, al menos, qué impresiones le había proporcionado lo que a él le había llegado, pero nada. Por lo visto le había gustado la propaganda encontrada en su buzón y me la había endilgado. No respondí.
La siguiente noticia que tuve de mi recuperado amigo tardó unos cinco meses. Fue también un mensaje de whatsapp:  
Compartir Reenviado Las redes sociales braman contra "El hormiguero" por llevar al programa del jueves, 10, a Santiago Abascal "dando voz al fascismo" y piden un boicot al programa. ¡¡Todos a ver "El hormiguero" el jueves!! Antena 3 después del telediario de las 21  Más a menos 21:45 Esto hay que informarlo a todos nuestros contactos como hago yo ipso facto.”
Tampoco había esta vez nota personal alguna. Se me vinieron a la mente un par de cosas: primero, lo sorprendente de que mi recuperado amigo, pulcro hasta decir basta cuando éramos jóvenes y con notas académicas más que aceptables, hiciera suyo sin más un texto tan poco cuidado, y además de origen anónimo; y luego, que me urgiera a hacer llegar tal mensaje a “todos nuestros contactos” siendo sabedor de que yo milito en el Psoe desde 1976 y he sido alto cargo en todos los gobiernos de Felipe González. No me quedó claro si la propaganda llegada a su buzón la había pasado al mío para enseñarme a redactar, para señalarme el buen camino en política o sencillamente para que yo me encargara de tirarla a la basura. No respondí
El miércoles 25 de diciembre me entró, entre muchos otros, un whatsapp de mi recuperado amigo. Lo leí: 
Compartir Reenviado ¡Feliz Navidad!”. 
“Ya ha echado en mi buzón el último christmas que le metieron a él”, pensé. Esta vez le respondí:
“Igualmente. Un abrazo”.
El pasado 25 de febrero tuvo mi recuperado amigo el detalle de acordarse de mí, y me mandó por whatsapp este mensaje (tal cual):
“Memento, homo, quia pulvis es et in pulvere reverteris. Latinajos que ya no sé si está bien escrito. Abrazos. Mañana Miércoles de ceniza”.
Un par de días después le contesté:
“Queda mejor ‘et in pulverem reverteris’, con el término adonde en acusativo. De todos modos, el polvo (éste del que se habla) es el mismo. Gracias por el recuerdo. Un abrazo”.
El miércoles pasado, día 18, mi recuperado amigo me mandó por whatsapp el siguiente mensaje:
CompartirReenviadoCreo que siendo el peor gobierno posible es lo mejor que nos podía pasar para mantener la calma...me explico: Imaginais gobernando el PP...la calle tomada por los podemitas quemando contenedores, rompiendo lunas de bancos, saqueando supermercados contra el capitalismo, caos y desobediencia civil...piquetes en los hospitales pidiendo mejoras salariales y protestando por falta de medidas, etc... lo Imaginais no?
Afortunadamente las derechas somos solidarios, educados, patriotas y gracias a ser seres humanos y civilizados hacemos caso y no creamos conflictos. A todo esto estoy seguros que el chepas (coletas) estará  rabioso por no poder tomar la calle organizando ese caos que le pide el cuerpo”.
Sólo pensé: “¡Que D. José Romero, D. Patricio, D. Francisco Cruces, D. Vicente Cera, D. Germán dedicaran tánto esfuerzo y desvelo a familiarizarnos con las Humanidades para esto! ¡Hasta cursamos juntos una asignatura que se llamaba Preceptiva Literaria!”.
Le contesté a mi recuperado amigo:
“Amigo xxxx, te pido un favor: no me reenvíes ningún material. Este es mi buzón personal de mensajería instantánea whatsapp, y sólo espero encontrar en él mensajes de familiares y amigos. Espero que llevéis bien esta temporada de enclaustramiento. Un abrazo”.
Lo malo en esto de la comunicación digital es que a lo mejor mi recuperado amigo piensa que entre él y yo la comunicación ha dejado de fluir.


viernes, 13 de diciembre de 2019

Santos Juliá: historiador amigo

Desde que supe de la muerte de Santos Juliá el 23 de octubre pasado me agitan sentimientos que no sé bien cómo ordenar y expresar: desazón por no haberlo llamado ante la prolongada ausencia de columnas suyas tras la titulada "Jefe del Estado" (El País, 13 de junio de 2019) que acababa de refrescarme Amenábar; cabreo por el permanente aplazamiento, ahora ya fatal, de una charla para "cuando vengas por aquí" que no llegó durante años; tristeza por la pérdida de una persona querida.

A Santos lo conocí en el Seminario Mayor de Sevilla, creo que en el curso académico de 1957-1958. Yo estudiaba segundo de Filosofía, y él entró como vocación tardía (así los llamábamos) en primero de Filosofía sin haber pasado por el Seminario Menor (entonces en Sanlúcar de Barrameda) donde se estudiaban las Humanidades. O sea, que debió llegar al seminario con el bachiller a punto de terminar o terminado No fuimos del mismo curso ni de los mismos corrillos, y coincidimos durante dos cursos. Pero sobresalen, de todos modos, en mi recuerdo dos o tres rasgos de su personalidad: primero, la siempre impecable pulcritud de su vestimenta; luego, una frecuente sonrisa entre amable y burlona que a mí me llegaba desde arriba; y, por último, la coincidencia en los Grupos de Jesús Obrero, grupos de acción y reflexión que familiarizaban a futuros curas con los métodos y las inquietudes del movimiento obrero católico, representado en la España franquista por la HOAC. La metodología formativa de estos grupos era extraordinariamente eficaz para alentar y mantener el compromiso con la realidad social dentro de unos seminarios pensados, paradójicamente, para conservarnos incontaminados: se trataba de conocer la vida de personas marginadas (Santos estuvo yendo a la cárcel, y yo, a barrios de chabolas como El Vacie o La Corza). La “revisión de vida”, que así se llamaba el método ideado por el canónigo belga Cardijn, fundador de la JOC (Juventud Obrera Cristiana), constaba de tres momentos: el primero era VER, conocer y palpar la realidad. En reuniones de grupo se pasaba al segundo, JUZGAR, en el que se analizaban las causas e implicaciones de la situación humana descubierta; y se acababa, en tercer lugar, en la fijación de un compromiso, ACTUAR,  consistente en emprender acciones. Leyendo luego a Santos, siempre he pensado que la experiencia de aquellos grupos impregnaba su compromiso de intelectual.

Coincidimos más tarde estudiando Teología en la Pontificia de Salamanca. Más que estudiando Teología, tengo que decir que viviendo Salamanca, o el mundo desde ella. Un amplio grupo de andaluces (sevillanos, malagueños, gaditanos y huelveños) de dos o tres cursos distintos nos veíamos con frecuencia e intercambiábamos ideas y experiencias que aquella sociedad en ebullición se encargaba de aportarnos generosamente. Coincidimos allí entre los años 1959 y 1962. Las reuniones de ese grupo, las sesiones de cinefórum con Martín Descalzo y su gente (quienes luego editarían “Film ideal”), la convivencia a tope con amigos de toda España e Hispanoamérica, los profesores de procedencia y calidad muy diversas, el régimen de libertad de los colegios mayores o de los pisos, son algunos de los elementos que dibujan la Salamanca que recuerdo y que, sin duda, ha dejado su marca en mi formación. Seguramente Santos Juliá haría suya, aunque sin duda con otros matices personales, una enumeración parecida.

Seguimos luego caminos distintos, él en Sevilla y yo en Roma y Huelva. Hasta que nos volvimos a encontrar, debió ser en el año 1971, en Madrid, no logro recordar cómo: él vivía creo que en la calle Cadalso, en una residencia de los Jesuitas. No recuerdo si estudiaba en la Complutense o en el Instituto León XIII, pero sí sé que empecé a darle trabajo en la editorial Círculo de Amigos de la Historia en la que yo había entrado a trabajar en septiembre de 1970: le reservaba sobre todo  traducciones del francés, lengua que él manejaba con soltura. Pero en ese tiempo aceptó también un encargo que creo que representa la primera monografía de su a la postre profusa autoría. Esta es la ficha de la obra tal como aparece en el catálogo de la Biblioteca Nacional:

Título:    La China Roja [Texto impreso]
Autor:    Juliá, Santos 1940-2019  
Editor:   Círculo de amigos de la Historia
Fecha de pub.: [1971]
Descripción física: 252 p., 2 h. : lám. ; 18 cm
Información de ejemplar2 ejemplares disponibles en Sede de Recoletos.
Esta obra sobre la China de Mao no aparece citada ni en las bibliografías de estudiosos de su obra ni en la ofrecida por el propio Santos en su página web (http://www.santosjulia.com/Santos_Julia/Autor.html).  Para mí, en todo caso, tiene un significado especial.

Al cabo del tiempo, cuando ya no estaba yo en la editorial, me encontré con Santos en una de las salidas de metro de Plaza de España. Estuvimos charlando en una cafetería sobre nuestras vidas. Una de las cosas que él me dijo de la suya me hizo hasta gracia: su suegro (¿lo era ya o iba a serlo?) se había puesto generoso y les había regalado a su hija y a él un piso por una buena zona de Madrid, y se veía negro para poder pagar cada mes los gastos de comunidad. Y otra me dio hasta envidia: que le habían concedido una beca Fulbright y se iba a Stanford a trabajar en su estudio sobre la izquierda española.
Nuestro siguiente encuentro fue en Albacete, en 1988 o 1989,  adonde lo invitó a dar una conferencia la Universidad Popular por sugerencia mía. Se hospedó en mi casa y pudimos hablar largo y tendido. A comienzo de 1991, habiendo hablado con él sobre su compromiso con la investigación y la docencia, me extrañó ver  su nombramiento como Director General del Libro y Bibliotecas. Lo felicité y me felicité por que hubiera dado el salto a la política de gobierno. Pero se apresuró a desengañarme: se trataba, vino a decirme, de un compromiso con Semprún, al que no había podido decir que no. Efectivamente, a los dos meses más o menos, cuando Solé Tura sustituyó a Semprún al frente de Cultura, Santos dejó la Dirección General.

He sido hasta el final un fiel seguidor de la obra de Santos Juliá: de sus artículos, de sus entrevistas, se sus monografías y ensayos. Seguidor y admirador. Y creo que personificaba las virtudes que Cervantes (II Parte del Quijote,  capítulo IX) detalla como propias de los historiadores: “…habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir” . Le tengo que agradecer muy singularmente haberme ilustrado en el conocimiento de una España que sólo he podido descubrir e intentar desentrañar en edad ya avanzada y, por supuesto, fuera de la academia.

Hace un par de años, con motivo de las primarias disputadas por Susana Díaz y Pedro Sánchez para la Secretaría General del Psoe, Santos publicó un duro artículo en El País (14 de mayo de 2017) que, bajo el título “La enfermedad senil del socialismo”, concluía:
Porque esta lucha de facciones en el principal partido de la oposición provocará sin remedio una fuerte sacudida en el conjunto del campo de las izquierdas, anulando, si alguna había, cualquier posibilidad de pacto entre ellas. Y no porque consumado al fin el famoso sorpasso, Podemos se alce con el santo y la limosna, sino porque buena parte de los votantes socialistas, sector mayores, jubilados, ámbitos rurales, pero también resto de profesionales y clases medias de edad madura, romperán amarras y llevarán sus votos a otros puertos cuando el PSOE aparezca como fuerza residual en el Sur o cuando Iglesias ofrezca la vicepresidencia a Sánchez y ambos se presenten en público puños en alto, como en los buenos viejos tiempos de izquierda unida jamás será vencida: si el faccionalismo es hoy la enfermedad senil del socialismo, el izquierdismo era ya, en tiempos de Lenin, la enfermedad infantil del comunismo.”

Le mandé este mensaje: “Amigo Santos, lo primero quiero lamentar que no hayamos tenido alguna charla sobre el tema al que dedicas hoy tu artículo en EP. Desde una ausencia casi completa de participación orgánica, mi percepción es que el CF de octubre colmó el vaso del desconcierto de unos militantes del todo ayunos en cuanto a razones por las que 1) había que echar (malamente) a Sánchez, primer SG, por lo demás, elegido en primarias, y 2) era procedente llevar la iniciativa en procurar mediante la abstención un nuevo gobierno de Rajoy. Me ha gustado, y comparto, el análisis que haces de la socialdemocracia y del Psoe en concreto; me parece excesiva, probablemente por la obligada falta de matices en un artículo periodístico, la directa referencia, cuasi asimilante, al faccionalismo de los años treinta y sus repercusiones sobre la vida de la República y (expressis verbis) la Guerra Civil. Y estoy directamente en desacuerdo con la presentación que haces del posible desenlace de esta situación en el párrafo final … En él el historiador claramente toma partido y, en mi opinión, alimenta el peligro sobre el que ha querido llamar la atención. En efecto, el coco temido llega con un Psoe residual en Andalucía y un SG alzando infantilmente el puño como pobre rodrigón de Iglesias. Este peligro lleva el nombre de uno de los facciosos: Pedro Sánchez. No entiendo este sesgo final. Un abrazo”.

“Historiador de lo complejo” ha titulado Álvarez Junco su reflexión necrológica del 24 de octubre pasado en El País. Y subtitulaba: “No es fácil catalogarle. No defendió ningún gran relato, sino que prefirió analizar problemas concretos, para los que ofreció interpretaciones que huían de la simplicidad y el maniqueísmo”

 Y la periodista Mercedes de Pablo, en eldiario.es de 23 de octubre pasado, bajo el título “Una soleá para el intelectual más exigente: Santos Juliá y Sevilla” resumía que “nunca dejó de creer en el valor de la ciudadanía como elemento fundamental de convivencia, una convicción que ejerció desde aquella primera ocupación de cura rojo, de párroco de un barrio pobre de Sevilla”, antes de presentárnoslo directamente embarcado en el mayo del 68 francés y haciendo confidencias de su inmediata secularización a Bergamín y Manolo Mallofré.

Con estos recuerdos míos, algunos de los cuales comparto con muchos amigos de cuando Santos aún no había escrito libros, quiero poner de relieve etapas de formación y de currante del intelectual que concibe su vocación como la respuesta a su alcance frente a la realidad que ve y somete a juicio. 

En el caso de Santos Juliá se cumple para los amigos lo que Cicerón pregonó en su De amicitia: que "amar (del que vienen amor y amistad) no es otra cosa que querer a aquel al que se ama, no por necesidad ni tampoco en busca de utilidad; aunque ésta, de todos modos, brota de la misma amistad, por más que no sea lo que uno más buscó".



lunes, 23 de septiembre de 2019

Música y política


El sábado disfruté en el Rojas de un concierto muy singular: aparte del goce que produce siempre escuchar a Mozart, Haydn y Beethoven, eran intérpretes un director toledano de treinta y ocho años, Javier Ulises Illán, cuarenta y cinco jóvenes de entre dieciocho y veinticuatro años (veintinueve mujeres, por cierto) y unos también jóvenes solistas de nivel internacional (soprano, violín y viola).
Desde que me senté en la butaca y hasta ahora mismo me martillean en la cabeza las palabras del padre de Mozart con que el indicado director cierra, en el programa de mano, la presentación de "Delirios ... ¡de concierto!. Mozart, Haydn y Beethoven 'alla italiana'": "¡Cuántos jóvenes dotados de los más bellos dones de la naturaleza habrían crecido como plantas salvajes de forma descuidada en el bosque si en aquellos tiempos su ayuda paternal no les hubiera provisto de educación bajo el cuidado de personas razonables!".
Y es que, lo siento, pero la Joven Orquesta Nacional de España (la JONDE; a quien quiera saber más de este extraordinario invento, lo invito a que pinche aquí) no existió siempre en España, ni cayó del cielo.
Yo tuve la suerte, en cuanto a música se refiere, de criarme en una casa y un pueblo amantes de la música, y de estudiar obligatoriamente solfeo, y luego canto gregoriano, desde los diez años en el Seminario de Sevilla; y de cantar en coros de voces blancas y de voces mixtas siempre que me ha sido posible: desde el Seminario de Sevilla hasta el Conservatorio de Toledo, pasando por la Universidad Pontificia de Salamanca y el Colegio Español de Roma. Pero tengo claro que esta suerte ha sido una excepción en la España que he vivido.
Cuando en el verano de 1964 estuve por primera vez en Alemania, en un pueblo cerca de Colonia, los cuatro hijos de la familia anfitriona (dos en los primeros cursos universitarios, y otros dos en bachillerato) podían tocar con cierta solvencia el instrumento que estudiaban o habían estudiado en el Gymnasium (enseñanza secundaria). Y en el pueblo vecino cabeza del distrito asistí dos veces en un mes (gratis por ir con una asociación musical local) a conciertos de bandas y coros del Land en el teatro-auditorio (Musikhalle) de la localidad. Frente a eso, volver a casa era meterse en un bosque donde una mayoría de "jóvenes dotados de los más bellos dones de la naturaleza crecían como plantas salvajes de forma descuidada".
He pensado mucho si poner en el título de esta expansión sentimental la palabra "política". Queda tan bien hablar mal de los políticos, de la política... Pero "Daniel -me he dicho-, ¿cómo no vas a hablar de política, de la música y la política, si la política es lo que ha inventado la gente que vive en comunidad para conformar una polis donde puedan desarrollarse, crecer, fomentar la belleza, apartar la desgracia, conocer el mundo circundante en toda su amplitud? ¿Cómo no vas a hablar de política si hay políticas que, como tú mismo has vivido, no dan importancia al desarrollo musical de una sociedad, y otras que sí se lo dan hasta el punto de llevarlo al corazón mismo de la educación?". No voy a seguir; pero al final, sí: música y política. Porque la música nos ennoblece, y porque hay políticas que no le hacen caso y otras que sí.
Como no "todos son iguales", la reflexión final de Javier Ulises Illán, en medio de los jóvenes de la JONDE, me ha obligado a recordar. Entré a militar en el Psoe en 1976, y en 1977 empecé a trabajar (sacándome el tiempo del pellejo) en el Grupo Federal de Cultura, primero con Rafael Ballesteros, luego con Ignacio Sotelo y por último con Salvador Clotas: en este grupo confluyeron muchas inquietudes e ideas que, convertidas en medidas políticas, han contribuido a hacer de España un país más culto y educado, y de la sociedad española, un conjunto de personas con más gusto y capacidad crítica. Por enumerar sólo algunas de esas medidas: la implantación de la música (también la educación física y una lengua extranjera) como especialidad en la enseñanza obligatoria, el plan de rehabilitación de teatros públicos (en colaboración con el MOPU), la reconversión del Teatro Real, el plan nacional de auditorios (empezando por el Auditorio Nacional), la Compañía Nacional de Teatro Clásico ... y la JONDE.
En este grupo estaba José Manuel Garrido Guzmán: concejal de Cultura del Ayuntamiento de Murcia en 1979 y luego Consejero de Cultura del Gobierno murciano, a finales de 1982 coincidimos en el Ministerio de Cultura del que era titular Javier Solana, él como Director General de Música y Teatro (en 1985, del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música). Buena parte de los ejemplos citados como realización de la acción cultural del Psoe lleva su impronta.
Mientras aplaudía con ganas en el Rojas a la JONDE dirigida por Javier Ulises Illán, se me vino a la mente el barullo opinador de fuera dedicado a remover el cabreo de la gente con unos políticos (todos, siempre todos) que no han sabido administrar su voto. Yo tengo que decir que no me cansaré de votar porque hay muchos temas nuevos en los que no quiero que mis nietos y sus amiguillos, dotados de los más bellos dones, crezcan como plantas salvajes, sin el cuidado de personas razonables.