miércoles, 5 de enero de 2022

Muñoz Molina y la política

 

Hace unos días ( "Nuevos compatriotas", Babelia de 18 de diciembre) Muñoz Molina, quejándose de lo que había tardado la nacionalización de su amigo William Schislett, describía a España así: "Este es un país donde el espectáculo grosero y frívolo de la política agota las energías que debieran dedicarse a idear y poner en práctica políticas de calado en beneficio de la mayoría, y en el que una gran parte de esas políticas necesarias que sí salen adelante quedan malogradas o se frustran del todo por culpa de una Administración superpoblada en lo superfluo, en la morralla del clientelismo político, pero muy mermada en todo lo fundamental...". Es como si, por habérsele atragantado el hueso, hubiera decidido echar por tierra no sólo la aceituna sino el olivo mismo, al olivarero y el olivar. 

Esta forma exagerada de diagnosticar cosas que no le gustan no es nueva en nuestro escritor y académico, que debió sufrir esa morralla de la que habla cuando fue director del Instituto Cervantes de Nueva York o   funcionario del Ayuntamiento de Granada.

El año pasado Muñoz Molina publicó un libro (Volver a dónde, Seix Barral, 2021) en el que, según él mismo dice (https://www.todoliteratura.es/, 8 septiembre 2021), utiliza sus "cualidades narrativas para dejar testimonio de lo que va pasando cerca de mí. Aquí no puedo inventar." Debió ser ésa su pretensión, pero el propio editor de la obra la presenta a los lectores ("Sinopsis") como "un lúcido análisis de la España actual a la vez que refleja la transformación irreversible de nuestro país durante el último siglo". Y, de hecho, sólo cincuenta de los doscientos veintiocho capitulillos del libro se dedican a ese "dejar testimonio de lo que va pasando cerca de mí"; los otros ciento setenta y ocho son un cúmulo sobre todo de valoraciones de la realidad española,  entre las que ocupan lugar importante la política y los políticos de la España actual. Para el autor de Volver a dónde el mal de la realidad española, que observa en estos tiempos de pandemia desde el balcón de su piso o en sus paseos madrileños, toma figura en la política y sus actores. Valga un florilegio de lo que considera que ve:

De la clase política son propias la "palabrería y la gesticulación irresponsables" (página 26). "El común de la gente en España es más racional y templada que la mayor parte de la clase política" (página 30). "El Estado central se fue desmantelando atolondradamente, de acuerdo con los trapicheos políticos de cada momento" (página 46). "Las divisiones son demasiado profundas, no porque la gente común se haya vuelto más sectaria, sino porque la parte nociva de la clase política se ha dedicado a alimentarlas y ahondarlas, y hasta a inventarlas cuando no existían". (página 47).  "Millones de personas actúan con responsabilidad y disciplina y jugándose la vida, y mientras tanto esa chusma de políticos venenosos que tanto se odian entre sí se confabula sin embargo en una sola cosa: hacer imposible que nuestro país tenga un sistema de convivencia y de buen gobierno " (página 74). "Será preciso abrir las escuelas. Pero los responsables políticos o han desaparecido o están de vacaciones o distraídos en sus intrigas y disputas" (página 161). "La clase política, en su mayor parte, se revela como una turba parásita que no se preocupa de arreglar los problemas verdaderos que existen, sino de hacerlos tan graves que ya no tengan remedio" (página 163). "En vez de favorecer el sentido común y la concordia, el azote del virus alienta todavía más la inercia destructiva de la clase política española... El desastre es la ciénaga en la que ellos chapotean intercambiando insultos y garrotazos" (página 254). "Tuvimos el confinamiento más estricto de Europa. Los histriones de la política lo desmontaron a toda prisa, para que vinieran los turistas" (página 190). "Los contagios y los muertos seguían subiendo rápidamente en Madrid y los forajidos de la política, los majaderos y los malvados, continuaban con sus broncas" (página 250). 

A un académico hay que exigirle que dote las palabras de las tres propiedades del buen discurso: belleza, propiedad y verdad. Y, sinceramente, me cuesta reconocer que en toda esa chusma de forajidos, majaderos y malvados que chapotean en el desastre y se dejan llevar de su inercia destructiva, se describa con propiedad y verdad a cientos y cientos de personas que he conocido y que han dedicado parte de su vida a la gestión de los intereses comunes, amparadas además por el voto, a veces contumaz, de miles y miles de esos españoles, que al parecer, ellos sí, son racionales y templados y actúan con responsabilidad y disciplina, y jugándose la vida.

Me ha inquietado el diagnóstico que el autor se atreve a hacer a partir de los síntomas descritos: "Ahora nos damos cuenta del daño que hemos sufrido por pasar varios años sin tener un gobierno estable, firme, resolutivo, por culpa del extremismo y la frivolidad de unos y otros" (página 47).

Para orientarme algo ante esta bella desmesura, he vuelto a lo que aseguraba el profesor Ignacio Sánchez-Cuenca en La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política (Catarata, 2016): "Las intervenciones políticas de Antonio Muñoz Molina ... se basan en muchos casos en la contraposición entre unos valores morales encarnados por él mismo y la traición a dichos valores de una clase política ignorante y sin visión que condena a España a mantenerse en un atraso secular" (posición 173). "Defiende tesis que, despojadas de su buen estilo literario, no pueden ser tomadas seriamente" (posición 324).

Como seguramente les pasará a cuantos ejercen y apoyan la crítica a la acción política y a sus actores, me produce sorpresa, y también preocupación, que, con la capacidad que tienen de volcar sus opiniones en verdaderas delicias literarias (es el caso de Volver a dónde), escritores y creadores de opinión, mientras afirman ceñirse a "dar testimonio", propaguen la idea de que los políticos son todos igualmente malos, y favorezcan así el runrún de que los problemas de convivencia (la pandemia, lo de Cataluña, lo de las Autonomías, lo de la inmigración, la Sanidad o lo que sea) pueden tal vez arreglarse de un plumazo.

        

 

 

 

lunes, 21 de diciembre de 2020

Mi caballo murió, mi alegría se fue

  

Para aclararle cómo conoció las tradiciones de Valverde, Diego Romero le canta a su hijo que él conoció "a una mujer divina que al cantar una habanera", con el pecho henchido y sin que cupiera distinguir entre música y letra, cantaba/decía:

            "Cuando cantes una habanera,

            no te importe si tu garganta

            las notas canta o no canta.

            Cuida, hijo, que la habanera

            se haga dueña en tu reunión

            poniendo en ella, más que garganta,

            el fuego ardiente del. corazón".

Creo que no se puede definir mejor lo que mis hermanos y yo vivimos desde pequeños en reuniones en la casa de mis padres, y que (ahora que está cerca la Navidad) volvía a repetirse mágicamente, mientras fue posible, cada año después de la Misa del Gallo en la casa de Diego y Ana María en el Pie de la Torre. Es una vivencia, por lo demás, que cada uno hemos llevado y trasplantado indefectiblemente a los ambientes en que nos hemos movido. 

Me conmovió mucho un vídeo de hace unas semanas que, con el título "Siente Valverde 10: La habanera", daba cuenta, en un guion lógicamente perfectible, del origen de la habanera misma y de su presencia y arraigo en Valverde, de la afición y educación musical de mi hermano Diego y de su contribución (también de otras personas) al cultivo y desarrollo de la habanera en el pueblo, así como de los esfuerzos que en éste se dan para que la tradición se mantenga y traslade a las generaciones siguientes.

Por las razones que apunto en el primer párrafo, ni el tema ni el vídeo podían dejarme indiferente. Entre las 467 visualizaciones del vídeo que el sistema registra (domingo 20 de diciembre a las 17.00h), entre ocho y diez son mías. Me siento implicado, y creo de razón que comparta con quien esto lea (siempre gente amiga) las sensaciones que he tenido.

A "la mujer divina" que todo el mundo me ha dicho que daba gloria oir cantar en la iglesia, y a la que mi hermano el mayor atribuye (poéticamente) el consejo sobre la habanera, a ella, yo no la recuerdo cantando en la iglesia ni entonando habaneras; la escucho cantando, en casa, "Mi caballo murió, mi alegría se fue"  (por cierto, un tango que tiene el privilegio de ser citado por Jean Paul Sartre en  L'âge de raison, aunque, literalmente, como "Caballo mio murio"). Y, seguramente por lo del caballo, veo a la vez a mi madre contenta con su ida a Sevilla para ver rejonear a Conchita Cintrón. Disparate caprichoso de mi memoria, porque Imperio Argentina lloraba en su tango a un "caballo pampero... que, si un compadre me insultaba, amigos, se enardecía, y su mirada brillaba como brillaba la mía". 

Pero sí es verdad que en mi casa se cantaba con frecuencia, se cantaba en reunión y se cantaban habaneras y canciones de Valverde; me acuden los títulos en aluvión: "Al pie de una verde palmera", "Al pie de unos abedules", "Estas lindas canciones", "Sal, mi bella pescadora", "Como sabes que te quiero", "Niña del pelo rubio", "En noche lóbrega galán incógnito", "Por ti suspira mi pecho amante", "Dime, niña, si pequé", "Alivia mi afán", "Al despertar las flores en la mañana",  "Siempre a la aurora", "Vizcaya es un bello jardín". Y villancicos, y el rosario de la aurora. Y sevillanas. Y pasodobles, y tanguillos y rumbas ... y coplas de murga.

El acompañante y animador por excelencia era mi tío Ildefonso Valero, que visitaba regularmente a su "chacha", mi abuela Manolita, y sentado al piano alentaba al cante. En momentos especiales, con el panel inferior del instrumento abierto contra sus rodillas.

En 1985 me tocó recabar el voto de otros países para Barcelona 92. En La Habana, me acerqué en el momento del café al pianista que amenizaba la comida semioficial en el reservado del hotel, y le pedí alguna habanera. Siempre había escuchado que de allí habían llegado a Valverde. Para mi sorpresa, aquel hombre me dijo que no se cantaban ni tocaban habaneras en Cuba; pero, "¡Cómo no, compañero!",  con "plaser" me acompañó a cantar "Al pie de una verde palmera" y alguna canción más.

Me ha extrañado mucho que en el vídeo no se haga mención alguna de don Manuel Lama, el primer maestro de música titulado con plaza oficial en Valverde, que ejerció gran influencia en la vida musical del pueblo, también en la formación de mi hermano Diego, y en la transcripción y fijación musical de buena parte del cancionero, sostenido hasta entonces solo en la tradición oral.

Aunque, lógicamente, he disfrutado con las interpretaciones de mi sobrino Fernando y de los hermanos Garrido (que, además, según me dicen, son nietos de Antonio, que siempre me llamó "pariente" y como tal me trató), yo creo que mi propio hermano Diego habría animado al guionista a incluir una "reunión" con la habanera como dueña por obra de unos cuantos que, sin importarles si "su garganta las nota canta o no canta", ponen en ella "el fuego ardiente del corazón". 

 

 

 

 

martes, 15 de diciembre de 2020

Mi primer yoghourt


  Hay elementos en nuestras vidas que, sin que uno logre explicárselo, operan como potentes imanes: atraen, amalgaman y, al final, condensan multitud de vivencias y hechos dispersos. Son seguramente recursos caprichosos de nuestra memoria, deudora siempre de sentimientos, punzadas, apegos y desencuentros que, en contra de lo que proclaman los historicistas, entretejen la objetividad viva de nuestras vidas.

            Es lo que me pasa a mí con el yogur y la familia de mi amigo Paco Malavé. 

            Vivían en la Calleja, una decena de casas por debajo de la mía: en la vivienda de abajo, Gregorio y Pepita con sus hijos Paco (Paquillo), José, Gregorio (Goro o Gorito), Manolo y Antonio; y en el piso, con entrada aparte desde la calle, la madre de Pepita, Teresa, con su hermana (la "tita Quelo") y una hija de ésta, Anita Rodríguez. 

        De mi pandilla formaban parte Paco con pleno derecho y, con permiso, José; en una relación más o menos similar a la existente entre mi hermano Manolo (Manolito) y yo. Juntos íbamos y veníamos de las Salesianas, juntos nos escapábamos corriendo a la Plaza con el pan y el chocolate (mejor el de los Malavé que el que nos daba a nosotros mi abuela) para no perdernos el "torito salvá, y juntos buscábamos los domingos a nuestros padres en espera de calderillas más generosas gracias a la alegría de la jarana compartida. Pero, sobre todo, gozábamos juntos del cariño de toda la familia en ratos de convivencia que, durante años, encontraron una extensión incomparable en Los Pinos.

            Los Malavé, un día, se fueron a vivir a Sevilla. Recuerdo haber visitado muy pronto, con mi padre, "Curtidos San Pablo", el negocio desde el que Gregorio parecía el amo de La Campana, cerca además de la valverdeña parada de Manolillo el de Aracena. 

            Cuando llegué a estudiar al seminario de Sevilla ya con dieciséis años, me fui una tarde a buscar la casa de los Malavé: avenida de Eduardo Dato, casi enfrente del Porta Coeli de los Jesuitas, en un solitario bloque de pisos. Lo primero que encontré fue a Pepita, la madre de Paco, y todo el cariño que aquella mujer sabía dar. Era la hora de merendar y, mientras llegaban sus hijos del cole, me preguntó que si me apetecía un yogur. ¡Ni el seminario ni mi abuela estaban para virguerías gastronómicas! Así que me tuvo que explicar lo que era y me aseguró que era muy rico. Goloso nato de la leche y de la nata, aquello me supo a gloria. Fue mi primer yoghourt. Danone, para más señas y en tarro de cristal, como el de la foto.

            Ayer me enteré de la muerte de Antonio, el más chico de los Malavé de la Calleja. Me acordé enseguida de mi primer yogur, como si en él recuperara condensada buena parte de mi infancia valverdeña.

 

 

lunes, 7 de diciembre de 2020

La orfandad representativa


            El pasado 26 de noviembre Carlos Alsina, al final de una entrevista en Ondacero, le preguntó a Felipe González si se sentía representado como socialista por Pedro Sánchez, y Felipe respondió: "A veces tengo sentimientos de orfandad, pero mi partido es el socialista y creo que seguirá siendo... a veces me siento en orfandad representativa".

            Es posible que tenga más argumentos pero, por lo que había dicho en la entrevista, no creo malinterpretarlo si identifico como motivos de tal orfandad estos dos: la deriva del gobierno que preside Pedro Sánchez (en la entrevista, "la Presidencia del Gobierno"); y el funcionamiento orgánico del PSOE, del que es secretario general el mismo Pedro Sánchez (en la entrevista, "el PSOE").

            El primer motivo argumental, con aparente lógica pero de modo engorroso, sigue más o menos este hilo: en un momento en que la pandemia sólo nos permite una certidumbre, la de la incertidumbre, España necesita, más allá de unos presupuestos para 2021, un "proyecto de país". Pero la "posible conformación de mayorías" no permite un proyecto de país porque ni ERC ni Bildu están interesados en un proyecto que fortalezca a España como espacio público compartido o como nación; y también Pablo Iglesias tiene como estrategia llevarnos a un estado plurinacional con derecho de autodeterminación, en lo que converge con los anteriores. Siendo cierto que nuestra Constitución no es militante, creer en el proyecto que ella representa no es compatible con los que quieren acabar con España como espacio público compartido organizado como nación.

            En cuanto al PSOE, que es el principal partido del Gobierno, la cosa es confusa porque, a la vez que se dice desde la Presidencia del Gobierno que los objetivos de la UE representan un proyecto de futuro como nación y que no se va a permitir el desguace de ésta, dentro del propio Gobierno hay un partido de una sedicente "alianza progresista" basada en "autodeterminación y república", si bien es verdad que los ministerios de Estado están todos bajo el control del presidente del Gobierno.

            Se me vino a la mente lo que escribió Santos Juliá en Transición: Historia de una política española, 1937-2017: "'Segunda transición' irrumpió en el lenguaje político español como primer resultado de las elecciones de 1993 ... cuando Convergència i Unió (CiU) se sintió imprescindible para lo que comenzó a llamarse gobernabilidad del Estado: apoyar al partido del Gobierno sin formar parte de él". Y unas cuantas páginas antes, refiriéndose al PSOE de 1972, había relatado: "Felipe González, joven dirigente que llegaba del sur, afirmó que 'el problema de las nacionalidades dentro de nuestro país' merecía un análisis especial" ... adhiriéndose a la posición política de que "nacionalidad era la enseña de movilización y lucha contra la dictadura" ... y en consecuencia el PSOE manifestaba su decisión de apoyar 'las legítimas aspiraciones de los pueblos de las diversas nacionalidades ibéricas'".

            De ahí que a los militantes del PSOE no les extrañara nada que en el discurso de investidura del año 1993, después de perdida  la mayoría absoluta de las tres legislaturas anteriores, Felipe González fuera al grano y sin ambages: convencidos de que "los acuerdos estables con otras fuerzas políticas son un requisito necesario para esta nueva etapa política con objeto de superar los retos que la misma plantea... en el curso de las conversaciones mantenidas hemos encontrado bases suficientes para un posible compromiso de gobierno con el Partido Nacionalista Vasco y para compromisos programáticos concretos con Convergència i Unió, que irán desarrollándose en el inmediato futuro, sin cerrar la posibilidad por nuestra parte de una colaboración gubernamental cuando se juzgue oportuno." Y que, como gobierno, se comprometerá Felipe  "a mantener abierto el diálogo con las otras fuerzas políticas que lo deseen" (es decir, con políticos como Jon Idígoras -HB- o Pilar Rahola -ERC-).

            "¡Hombre! -me puede decir quien lea esto-, pero ¡es que no son comparables un Pujol, un Roca o un Arzalluz con un Rufián!". Veamos.

            El domingo 28 de octubre de 1990 José Antich daba cuenta en El País de un extenso documento (20 folios) de Convergència Democrática (CDC) nacido de notas de Pujol y en el que habían participado los consejeros Macià Alavedra (Economía), Joan Guitart (Educación), Joan Vallvé (Agricultura) y Josep Laporte (Sanidad), así como el secretario general de Convergència, Miquel Roca. En dicho documento

            - Se define a Cataluña como "nación discriminada que no puede desarrollar libremente su potencial cultural y económico".                       

        - Se propugna la configuración de una sociedad catalana de claro corte conservador en la que tengan vigencia "Ios valores cristianos" y en la que se fomenten las "fiestas populares, tradiciones, costumbres y trasfondo mítico". Una sociedad a la que se debe sensibilizar sobre la "necesidad de tener más hijos para garantizar su personalidad colectiva".

            - Para todo ello se propone "vigilar la composición de los tribunales de oposición" para todo el profesorado; "reorganizar el cuerpo de inspectores de forma que vigilen la correcta cumplimentación de la normativa sobre la catalanización de la enseñanza".

                  -  Se considera necesario "incidir en las asociaciones de padres".  

              - También hay que "introducir gente nacionalista (...) en todos los puestos claves de los medios de comunicación". Así como "incidir en la formación inicial y permanente de los periodistas y de los técnicos de comunicación para garantizar una preparación con conciencia nacional catalana". 

                - Promover la creación de organizaciones patronales, económicas y sindicales catalanas, siendo conveniente diseñar "una estrategia para optar a los cargos directivos de las instituciones" financieras.

            - Se debe "incidir sobre la administración de justicia y orden público con criterios nacionales", y revisar los mecanismos de acceso y promoción del funcionariado.

            De este documento Pujol "distribuyó un preborrador a los miembros del Gobierno catalán al inicio de las vacaciones de verano de 1989 con el ruego de que lo leyeran y que, en septiembre, hicieran sus aportaciones."

            En el caso del PNV, donde lendakari y cabeza del partido no coinciden, son suficientemente ilustrativas las declaraciones de Xabier Arzalluz que recoge El País de 7 de abril de 1994: "Yo no espero verla (la independencia). El pueblo vasco, si la quiere, la logrará. Pero aquí hay gentes que no son nacionalistas. Lo que ha de lograr este pueblo es una clara mayoría. Si no la hay, o hay mayoría en otro sentido, será lo que diga el pueblo". Y se mostró partidario de un "Estado vasco dentro de Europa", si bien reconoció que actualmente es imposible porque, dijo, está el Ejército, que garantiza "que no va a haber un desmembramiento de lo que se llama territorio nacional". A su juicio, el artículo octavo de la Constitución, que atribuye a las Fuerzas Armadas la misión de garantizar la soberanía e independencia de España y defender su integridad territorial, "es impresentable".

            No parece que a los nacionalistas catalanes y vascos de 1993 les entusiasmara "España como espacio público compartido organizado como nación".

            El segundo motivo para el sentimiento de orfandad declarado residiría en el ámbito partidario (no sólo en el PSOE, por cierto, sino en todos los partidos, "incluso en C's"), y consistiría en que una insistente apelación a participar se resuelve de hecho en sentido contrario, en verticalidad; la mayor participación que se pregona no se refleja en una realidad participativa ordenada. 

            Oyendo hablar de verticalidad y del escaso papel de las instancias orgánicas intermedias en el PSOE, no podía sino repasar la película de tantos años de militancia en un ambiente, siempre, de cohesión crítica y con cierto ramalazo ácrata característico de una organización tan representativa de España.

            Por lo demás, a mí me choca lo de "orfandad representativa", porque, vamos a ver, ¿no es siempre orfandad la representación de la madre o del padre?, ¿no hay que echar mano de algo (imagen o idea) que los represente precisamente cuando no es posible su presencia? Y, si se trata de la "representación política", dice el DRAE que es "la que ejercen los elegidos en votaciones democráticas que no está sometida a mandato imperativo". Como Felipe González ha demostrado siempre ser demócrata, tengo que concluir  que, sencillamente, no le gusta la representación política de los actualmente elegidos en las votaciones democráticas del PSOE. No hacía falta marear tanto la perdiz.

 

  

jueves, 19 de noviembre de 2020

En el Día Mundial de la Filosofía: la utilidad de lo inútil


 

"La utilidad de lo inútil" es el título del librito-manifiesto de Nuccio Ordine publicado por Acantilado en 2017, y me parece más que apropiado para celebrar o, al menos, recordar que hace unos quince años la UNESCO decidió proclamar DÍA MUNDIAL DE LA FILOSOFÍA el tercer jueves de cada noviembre, y por tanto, en el año 2020, el jueves 19 de noviembre.

Yo aterricé en la vida civil con veintinueve años y dos licenciaturas eclesiásticas: en Teología y en Ciencias Bíblicas. Si me hubiera asentado en la luterana Alemania o en la pérfida Albión, a la hora de buscar trabajo habría podido utilizarlas, al menos, como títulos universitarios habilitantes. Pero en la papista España de Franco, ni siquiera eso. Yo era un especialista de lo inútil. "¿Y eso para qué sirve?", me preguntaban quienes querían conocer mis posibles habilidades.

Todos sabemos que "filosofía" es, en su griego original, lo mismo que amor a la sofía, y suele añadirse que sofía es lo que en español llamamos sabiduría. 

 La RAE nos explica que sabiduría es el "grado más alto del conocimiento", "conducta prudente en la vida o en los negocios", "conocimiento profundo en ciencias, letras o artes" o, más genéricamente, lo mismo que noticia o conocimiento.

Pero, si nos vamos a los griegos, sofía fue antes que nada habilidad manual (en la Ilíada a Hefesto le ha enseñado Atenea la sofía del constructor de navíos), y luego habilidad poética; más adelante asciende a sabiduría o ciencia y, en particular, conocimiento de las causas, para volver por último al terreno de lo ordinario convertida en sabiduría práctica o, también, astucia.

La sapiencia de los latinos, de donde proviene directamente nuestra sabiduría, comparte con la sofía griega un étimon indoeuropeo (sop-/sap) que significa algo así como "jugo de las cosas". Si a los griegos les atrajo de entrada, como se ha visto, su manejo, el latino va antes que nada a disfrutarlo, principalmente por el gusto y el olor: saber es sacar el jugo a las cosas; saborear. O, también, la facultad misma del paladar. Luego pasa a significar sabiduría, prudencia, buen juicio (que es lo que Cicerón dice admirar en un amigo suyo); y Plinio muestra el deseo de "per sapientiam mori", morirse con pleno conocimiento. 

Para este año la UNESCO cree que el Día Mundial de la Filosofía debería llevarnos a:

1) Alentar el análisis, la investigación y los estudios filosóficos sobre los grandes problemas contemporáneos para responder mejor a los desafíos con que se enfrenta hoy en día la humanidad.

2) Sensibilizar a la opinión pública sobre la importancia de la filosofía y su utilización crítica en las elecciones que plantean a múltiples sociedades los efectos de la mundialización o la incorporación a la modernidad.

3) Hacer un balance de la situación de la enseñanza de la filosofía en el mundo, insistiendo particularmente en las dificultades para su acceso.

4) Subrayar la importancia de la generalización de la enseñanza filosófica para las generaciones futuras.

5) Renovar el compromiso regional, subregional e internacional en favor de la filosofía.


Cuando voy con mis nietos más pequeños, Martín y Sabina, de cinco y tres años, lo que más hacen es preguntar. Me imponen su lección de filosofía.

 

 

 

 

 

martes, 17 de noviembre de 2020

Cabreo republicano y fraude electoral

 Hace ahora doce años, había ganado Obama, y Lindsey Graham, senador republicano de Carolina del Sur, no se anduvo con chiquitas: "No generamos suficientes blancos cabreados como para seguir en el negocio a largo plazo".         Resumía así el apocalipsis demográfico que se había abatido sobre el Partido Republicano: el presidente negro les había sacado una diferencia de 8.5 millones de votos, y se había quedado con un total de 15 millones de nuevos votantes. Al "puto negro" lo habían votado el 66 % de los hispanos, el 62 % de los asiáticos, el 56 % de las mujeres, el 66 % de los votantes menores de 30 años y el 95 % de los afroamericanos (negros). Lo de estos últimos era de esperar, pero no estaba prevista su tasa de participación que, por primera vez en la historia, casi había igualado a la de los blancos. Y, para colmo, Obama se había quedado con una parte importante del voto blanco de John Kerry en 2004: jóvenes y pobres, sobre todo; la afluencia a las urnas de personas con ingresos de menos de 15.000 dólares al año saltó de un 18 % en 2004 a un 34 % en 2008. El número de votantes blancos se había mantenido más o menos el mismo que en 2004, pero ahora habían acudido a las urnas 2 millones más de afroamericanos, 2 millones más de hispanos y 600.000 asiáticos más.

Asustado, el director de la conservadora National Review, Rich Lowry, se preguntaba: "¿Pero dónde se han metido los republicanos?, ¿es que se han trasladado todos a Utah?". 

La vía de solución, la señaló desde el principio, y sin tapujos, Paul Weyrich, un activista conservador y fundador del American Legislative Exchange Council (ALEC): "Yo no quiero que vote todo el mundo", y advertía enseguida que "el apalancamiento del Partido Republicano en las elecciones mejora claramente a medida que baja la población votante".

ALEC tomó entonces la iniciativa de redactar normas-modelo de identificación del votante que con tanta corrección como impiedad dificultaran el voto a los negros y a otras minorías. Sencillamente, había que suprimir votantes legalmente. Y los Estados empezaron a legislar en esa dirección. 

Al mismo tiempo, de modo parecido a como desde su "Southern Strategy" el Partido Republicano había equiparado, sobre todo en el tema de las drogas, a negro con delincuente, y a negro delincuente con demócrata, comenzaría ahora a relacionar a demócratas con afroamericanos y generalización del fraude electoral.

El objetivo era, como manifestó en 2012 un partidario del candidato republicano Mitt Romney, "volver a poner a un blanco en la Casa Blanca".

En este contexto uno de los cambios más onerosos, aunque suena a inocuo, es el requisito de una identificación fotográfica del votante emitida por el gobierno del Estado. El Brenan Center for Justice calcula que "hasta un 12 por ciento de votantes elegibles en toda la nación pueden no tener documento de identificación fotográfica emitido por el gobierno", y que "probablemente ese porcentaje es más alto entre estudiantes, ancianos y personas de color". De hecho un informe conjunto de la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People) y su Legal Defense and Educational Fund subrayó el "alarmante" impacto de la norma: el requisito de identificación eliminaba a más de 6 millones de votantes afroamericanos y a casi 3 millones de latinos. En números redondos, un 25 % de los votantes negros y un 16 % de los votantes latinos; mientras que "solamente un 8 % de votantes blancos carecen de identificación fotográfica emitida por el gobierno válida".

Las leyes de Georgia son ilustrativas del impacto de una medida de esta clase. El Estado exige tres categorías diferentes de documentos para una identificación fotográfica emitida por el gobierno. La primera es la prueba de ciudadanía, que requiere en una abrumadora mayoría de casos o un certificado de nacimiento o un pasaporte, cuyo coste (para el trabajador pobre, en torno al 10 % del salario de un mes) los aleja del alcance de muchos. Hasta un total de 13 millones de ciudadanos americanos no tienen acceso inmediato a documentos de ciudadanía, según informes del Brenan Center, y el fenómeno guarda una marcada correlación con las minorías, los pobres y los ancianos. En segundo lugar, Georgia exige el número de seguridad social del posible votante, que es o la tarjeta misma o un W-2 (certificado de nómina e impuestos), que implica un empleo. Ahora bien, en 2011 el desempleo negro en Georgia era del 11.4 %. En la capital Atlanta casi una cuarta parte de los afroamericanos estaba desempleada, frente a un 3.1 % de los blancos. Por consiguiente, contar con un W-2 tiene unas implicaciones raciales importantes y del todo obvias. Finalmente, como prueba de residencia Georgia exige dos envíos postales con dirección: por lo general, un extracto bancario y una factura de servicios públicos. Pues bien, más del 20 % de los afroamericanos, frente al 3 % de los blancos, carece de cuenta bancaria. Y, básicamente por razones económicas, casi el 6 % de las familias estadounidenses vive en hogares multigeneracionales; es el caso especialmente  de afroamericanos, jóvenes de menos de treinta y cinco años, asiáticos y latinos. En las facturas de servicios públicos sólo aparece un nombre, y por tanto todos los demás adultos tienen difícil probar que efectivamente viven en el domicilio señalado. 

El gobernador republicano de Wisconsin Scott Walker tomó otro rumbo: después de promover una ley exigiendo la identificación fotográfica emitida por el gobierno para votar, procedió a cerrar las oficinas del Departamento de Vehículos Motorizados (algo así como nuestra DGT) encargado de emitirlas, en áreas de votantes demócratas, y a la vez amplió el horario de las mismas en las plazas fuertes republicanas.

También Alabama promulgó una ley de identificación del votante en 2011 y a continuación determinó cerrar oficinas del Departamento de Vehículos Motorizados en los condados de su Cinturón Negro. A la vista del escándalo que se armó a nivel nacional, el gobernador Robert Bentley se avino a abrirlas al menos un día al mes.

Otra táctica de privación de derechos consiste en hacer lo posible por eliminar o recortar el voto anticipado, esencial para los que no pueden abandonar el trabajo un martes para ir a votar, como sucede a quienes tienen que fichar o al que no se dispone más que de una hora para el lunch y trabaja a kilómetros del lugar de residencia y, por tanto, de votación. Y más, teniendo en cuenta que en las elecciones de 2008 se habían registrado esperas de seis a doce horas en la cola para votar, y más largas todavía en los recintos de afroamericanos y latinos. De modo que el voto anticipado suponía una solución importante y de éxito demostrado; pero éste era el problema.

         En 2011 el nuevo gobernador de Florida Rick Scott, escudándose en que por la integridad de las urnas y de la democracia había que poner más difícil el "fraude electoral", no sólo redujo el voto anticipado de dos semanas a ocho días, sino que anuló también la posibilidad de votar el domingo inmediatamente anterior a la jornada electoral. Estaba calculado. En todo el Estado más de un tercio de los que votaron ese domingo en 2008 fueron negros. Y en el condado de Palm Beach más del 60 % del voto anticipado fue de afroamericanos, muchos de los cuales habían tomado el autobús nada más salir de la iglesia para ir a echar sus papeletas.

         Utilizada años antes en Arizona, otra herramienta de privación de derechos consistió en enviar correos masivos a los barrios de minorías, esperar la devolución de las tarjetas marcadas con "devolver al remitente", cotejar esos nombres con las listas públicas de electores y exigir entonces su purga de las listas. En las elecciones de 2012 muchos electores descubrieron que no podían votar al llegar al lugar de votación y comprobar que sus nombres habían desaparecido de las listas por este procedimiento. En Florida, una vez pasada la elección, el Secretario del Estado halló que en vez de los 180.000 nombres eliminados por este procedimiento sólo tenían que haber sido purgados de la lista 85 nombres.

Para 2014 como mínimo 22 Estados habían aprobado normas de restricción de votantes: todas, bajo el disfraz de proteger la "integridad" de las urnas y la democracia; y todas, con la intención de limitar y frustrar el ejercicio de voto de los negros y de otras minorías.

 

 

Nota: En estos días en que (al margen de las barbaridades de Trump) a muchos nos interesa tanto como nos intriga la dificultad de los americanos para contar los votos válidos de sus últimas elecciones, me ha parecido conveniente extraer datos y consideraciones relevantes del capítulo 5 ("How to Unelect a Black President") del libro de Carol Anderson "White Rage. The Unspoken Truth of Our Racial Divide". New York etc., Bloomsbury, 2016.

sábado, 24 de octubre de 2020

Casado, Reagan y las drogas


 

         El pasado jueves 22 de octubre Casado, aspirante a gallo exclusivo en el gallinero de la derecha, sacó todo tipo de espolones contra el gallito Abascal. Al final de su contrarréplica, como para resumir la desagradecida mala interpretación que éste había hecho del sentido de la formación política de la que viviera quince años, le espetó el siguiente párrafo (www.congreso.es; la transcripción es de mi exclusiva responsabilidad): 

         "A usted, que le gusta Reagan como a mí, acuérdese cuando hablaba que la política ya no son dos vectores, ya no hay derecha e izquierda, hay arriba y abajo. Pero no abajo la lucha del proletariado y arriba las clases que algunos preconizan porque no han aprendido de quedar sepultados en los cascotes cuando cayó el muro de Berlín; no, es el abajo del intervencionismo, del colectivismo, de esa sociedad cerrada, acomplejada, rencorosa, y ese arriba de una sociedad libre, de una sociedad que aspira a ser mayor que el Estado, que aspira a que no le digan lo que tiene que hacer, que aspira a poder avanzar y que ayudando a su familia, levantando la persiana, tirando adelante para pagar a sus trabajadores no se da cuenta que está contribuyendo a su país y también a la Unión Europea y a su Comunidad."

         Me llamó la atención la cita de Reagan.

         En su obra "White rage. The unspoken truth of our racial divide" (Bloomsbury Publishing, 2016) la profesora Carol Anderson recorre la historia norteamericana señalando las escandalosas reacciones que siguieron a los costosos avances de la minoría afroamericana. Entre las últimas, frente a los avances del Movimiento por los Derechos Humanos y la Voting Rights Act de 1965, la conocida como "Guerra de las drogas".

         Me voy a limitar a traducir (prescindiendo del aparato crítico), para quienes lean esto, lo que en la citada obra se dice de la intervención de Reagan y su administración en esta guerra, de modo que podamos entender mejor lo que pregona Casado sobre el "abajo del intervencionismo, del colectivismo, de esa sociedad cerrada, acomplejada, rencorosa, y ese arriba de una sociedad libre, de una sociedad que aspira a ser mayor que el Estado":

         

            "En 1979, después de que una coalición de nicaragüenses moderados y marxistas derrocara al despiadado dictador y durante mucho tiempo aliado de Estados Unidos Anastasio Somoza, llegaron al poder en Managua los comunistas sandinistas. Reagan no lo consideró una revolución interior nacida de unas condiciones intolerables de codicia, tortura y violaciones de los derechos humanos. No; estaba convencido de que los sandinistas no eran más que títeres soviéticos movidos por Moscú para promover la revolución en el patio trasero de América. Por eso se obsesionó con eliminar a los sandinistas.

            Poco después de tomar posesión, Reagan ordenó al director de la CIA William Casey hacer lo que hiciera falta para apoyar a un pequeño grupo de guerrilleros antisandinistas conocidos como Contras, la mayoría de los cuales provenían de la temida y odiada Guardia Nacional de Somoza. El 23 de noviembre de 1981 Reagan emitió una directiva para canalizar a los Contras a través de la CIA 19.3 millones de dólares. Pero no era suficiente, argumentó Enrique Bermúdez, el fundador del grupo guerrillero. Necesitaban mucho más. En diciembre de 1981 "Reagan firmó una orden secreta autorizando la ayuda a la Contra con el objetivo de echar a los sandinistas". El único problema era dónde mandar esos fondos; la orden simplemente indicaba los límites dentro de los que los presupuestos de la CIA y del National Security Council (SNC) podían contribuir a la financiación de la Contra. El Congreso en aquel momento, quemado con la debacle de Vietnam, no estaba como para que jugaran con su bolso.

            Y así, en un encuentro de diciembre de 1981 los líderes de la Contra, a los que Reagan se refirió como el "equivalente moral de los Padres Fundadores", lanzaron la idea de que el tráfico de cocaína en California produciría suficientes beneficios como para armar y entrenar a la guerrilla antisandinista. Con la mayor parte de la red ya creada, el plan era bastante sencillo: estaban los cárteles de Medellín y Cali en Colombia; los aeropuertos y el blanqueo de dinero en Panamá dependían del presidente Manuel Noriega; se sabía la ausencia de vigilancia por radar para que aterrizaran en Costa Rica los primeros depósitos transportados; y en la base aérea de Ilopango, a las afueras de San Salvador, había armas y almacenes de drogas. El problema estaba en la imposición de la legislación estadounidense que protegía los puntos de entrada clave a un mercado lucrativo. Pero con la CIA y el NSC dispuestos ahora a intervenir y mantener bajo control al FBI, al Servicio Aduanero de Estados Unidos y a la DEA (Drug Enforcement Administration), la antes formidable línea defensiva se quedaba en un estorbo poroso. El "equivalente de los Padres Fundadores" de Reagan estaba ahora dispuesto a inundar los Estados Unidos de cocaína.

            Para empezar, los exilados nicaragüenses Oscar Danilo Blandón y Norwin Meneses, cuyo sobrenombre era El Rey de las drogas, montaron sus operativos mayoristas en San Francisco. Pero, aunque tenían ya el producto, no contaban todavía con una red de distribución para trasladar a los mercados minoristas el envío inicial de cocaína. El circuito sólo se cerró cuando conectaron con Rick Ross, un hombre negro analfabeto pero emprendedor que se convirtió en el canal entre los corredores de droga de la Contra y las pandillas Bloods y Crips de Los Ángeles.

            El resultado fue del todo explosivo. De los mayoristas de la Contra salía empaquetada cocaína de primera calidad que, vendida en pequeñas pelotas de crack, alcanzaba un beneficio minorista de más de 230.000$/kilo. Entonces el dinero de la droga y toda la violencia concomitante machacó a una población con un índice de paro de dos dígitos y salarios en disminución real.  La fuerza logística de Bloods y Crips, con un total estimado de más de cincuenta mil pandilleros, fue extendiendo el dolor conforme se establecían franquicias de droga por todo Estados Unidos vendiendo crack en menú de dólares. Pronto el crack estuvo por doquier, debilitando las bases de los barrios negros.

            Mientras la recién creada crisis de las drogas amenazaba la seguridad de millones de afroamericanos, la administración centró sus esfuerzos en facilitar a los rebeldes un mayor acceso a armas compradas con dinero negro. El vicepresidente George H.W. Bush (ex director de la CIA) y su asesor de seguridad nacional Donald Gregg (ex agente de la CIA), trabajaron con William Casey para poner en marcha un programa llamado Black Eagle (águila negra), ideado para burlar al Congreso y proporcionar armas a la Contra. Una vez solidificados los conductos logísticos, quedó claro que Manuel Noriega resultaba esencial para la operación. En una serie de negociaciones top-secret funcionarios estadounidenses pusieron a punto derechos de aterrizaje en aeropuertos panameños para los aviones de Black Eagle con transporte de armas para la Contra y la utilización de compañías panameñas para el blanqueo de dinero.

            Noriega, que contaba ya con una participación en el cártel de Medellín de 400 millones de dólares, se percató de la rentabilidad de este trato con la Casa Blanca y comenzó a desviar al Sur de Estados Unidos aparatos y pilotos de Black Eagle para los vuelos de transporte de droga. La respuesta de la administración Reagan frente a lo que debía haber sido considerado como una afrenta diplomática -especialmente después de que el Presidente fichara a George H.W. Bush para dirigir las actividades contra la droga en el Sur de Florida- fue hablar y meter ruido. Exigió, sencillamente, al presidente panameño destinar un porcentaje de sus beneficios con la droga a la compra de más armas para los Contras.

            De este modo, aunque Reagan presumió ante el público americano de utilizar recursos militares de los Estados Unidos "para bloquear la droga antes de traspasar las fronteras de otros países", la protección de su gente a Noriega y a los traficantes colombianos permitió de hecho, activamente, importaciones de cocaína a Estados Unidos que se dispararon en un 50 por ciento en tres años. Sólo la parte del cártel de Medellín fue de un billón de dólares al año en ventas. La protección de la administración Reagan a los traficantes de droga dio todavía un paso más cuando en 1982 la CIA obtuvo del Departamento de Justicia la aprobación para guardar silencio en cualquier "expediente" clave de la agencia que tuviera que ver con la manipulación, el transporte o la venta de narcóticos.

            Esta red de protección de la Casa Blanca de los principales traficantes de droga actuó a fondo después de que el Congreso, por una serie de enmiendas en 1982 y 1984, cortó todos los fondos para la Contra y prohibió apoyo material y financiero de Estados Unidos para derrocar el gobierno de Nicaragua. Sin inmutarse ante la ley, la administración Reagan, simplemente, puso en marcha fuentes de ingreso alternativas e ilegales que ya tenía previstas: beneficios con droga y venta de armas a Irán. El teniente coronel Oliver North, director adjunto del NSC, procedió a poner en marcha esta operación que, más amplia y más dinámica, pronto reemplazaría a la Black Eagle de Bush."