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sábado, 12 de junio de 2010

Mi abuela y las ánimas benditas

Mi abuela tenía un despertador enorme, de aquellos niquelados con timbre de repiqueteo imposible de esquivar, que llevaba consigo a todos los sitios de la casa: a la cocina, a vestirse en su cuarto, a arreglarse en el enorme "salón" donde estaban el lavabo y el armario de batalla, la entrada a la despensa y el lugar donde podíamos jugar a lo que fuera sin molestar a los mayores, sobre todo a la hora de la siesta. Siempre llevaba aquel reloj con ella, pero para despertarse tenía otros recursos.
"Niño, me explicaba, lo mejor para despertarse son las ánimas benditas". Yo la miraba, mientras empezaba ya a sentir las cadenas que llevaban a rastras las almas en pena. Y ella seguía: "Pero nunca digas 'ánimas benditas, despertadme a las seis', sino 'ánimas benditas, que mañana me despierte a las seis', porque, si no, ellas vienen y te llaman para despertarte, y se puede pasar mucho miedo con sus ruidos".
La hora para la que ella hacía su encargo no eran las seis sino antes, quiero recordar que las cinco. Cuando me llamaba a mí para que la acompañara a la "misa de alba", ya ella se había lavado y había encendido el anafe y puesto a hervir el puchero con agua para dejar hecho el café (cebada tostada) para el desayuno. Y normalmente llegábamos a la iglesia como mínimo un cuarto de hora o diez minutos antes de la misa, que empezaba a las seis de la mañana.
El reloj de la torre, casi la única iluminación segura en aquellas oscuras noches de invierno, nos confirmaba la puntualidad con que las ánimas cumplían su cometido. Así parecía querer subrayármelo mi abuela cuando nos acercábamos al pie de la torre. Aunque no siempre era así. En más de una ocasión nos extrañó no encontrarnos con nadie en el camino desde casa a la iglesia; cuando llegábamos a ver el reloj de la torre éste marcaba claramente los minutos que tenía que marcar, pero de una hora antes. "¡Qué raro que no se vea a nadie!".- "Abuela, ¡pero si no son ni las cinco!". Las ánimas benditas se habían equivocado, y mi abuela se volvía a casa refunfuñando nunca supe contra quién o qué, porque la culpa no podía ser de las ánimas.
Probablemente las ánimas para mi abuela fueran todas parientas, porque recitaba muchos de sus nombres como algo natural. Empezando por papá Juan y mamá Rosario, sus padres, siguiendo por "mi Daniel" (su marido y abuelo mío, a quien yo no conocí) y acabando por "mi Dolores" (su hija y madre mía). Y para dar fe de la cantidad de influencias que tenía en el otro mundo, relataba a qué edad se puso el primer luto, que seguía siendo el mismo con que la conocíamos; y, con la misma lógica, afirmaba haber encontrado ahí la fuerza para sacar adelante, primero, a sus hermanos, luego a sus hijos, y ahora ya a sus nietos, haciendo todo tipo de trabajos para arrimar el pan a su casa, y sólo se quejaba de haber tenido que aguantar malas palabras una vez que estuvo vendiendo en el mercado.
Se llamaba Manolita, Manolita Valero; y sus hermanos la llamaban "chacha", y venían a verla a casa puede decirse que todas las semanas, aunque algunos de ellos lo hacían prácticamente a diario. Entre todos vigilaban que los "niños" no nos desviáramos. Pero también nos sentíamos queridos.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Diciembre


Me he sorprendido siendo incapaz de escribir algo en este blog desde hace más de seis meses. Cuando alguien me ha preguntado por qué, he contestado siempre lo mismo: "es que estoy en 'sequera'". En sequía, se entiende, de escritura, que en ocasiones puede no equivaler, sino todo lo contrario, como es el caso, a escasez de sentimientos, vivencias o recuerdos que compartir con quienes uno quiere, sino más bien a la abundancia excesiva o al color inesperado de recuerdos, vivencias o sentimientos al llegar en aluvión o, más simplemente, al hecho cierto de que la renuencia a comunicarse alienta la pereza en la comunicación y te hace ir dejando para mañana, procrastinar, lo que querrías hacer hoy.
Pero desde que empezó el mes de diciembre vengo sintiendo la necesidad de romper este silencio. Y es que para mí este mes es como el paso de un allegro vivace a un largo a veces tristón y en todo caso bastante plano en el concierto de mi vida.
Una mañana del diciembre de aquel año mi hermano Manolito (ahora es Manolo por empeño denodado de Conchita) y yo fuimos a entrar a despedir a mi madre, todavía en la cama, para decirle adiós antes de ir al colegio. No nos dejaron pasar a la "alcoba" porque mamá estaba mala. Luego en el colegio nos recogió alguien y nos llevó a casa de mi tío Diego. A los dos o tres días, no me acuerdo, a eso de media mañana me acercaron a mi casa a mí solo, y allí, en medio de mucho jaleo, nos hicieron entrar a mi hermano Diego, a mi hermana Manolita y a mí, los tres mayores, a decirle adiós a mi madre: de la alcoba quiero recordar que habían desaparecido los muebles, excepto el gran ropero, y en medio del corro de sillas pegadas a las paredes y ocupadas casi todas por mujeres (familiares, vecinas...) estaba colocado el féretro abierto. Al entrar los tres hijos arreciaron llantos, ayes y frases lastimeras que desde fuera de la estancia ya había yo advertido tan persistentes como acallados, susurrantes. Nos arrodillamos ante mi madre que yacía en la caja vestida de monja (con el hábito de Hermana de la Cruz) y con algodones blancos por la zona de la nariz o la boca. Es la fotografía que me ha quedado.
En contra de la advertencia de los médicos pero dispuesta a cumplir con lo que creyó su deber de creyente, mi madre había dado a luz a mi hermano Javier, el séptimo y último de sus hijos y el décimo de sus embarazos. Y se quedó en el empeño. Tenía treinta y ocho años. Dos días después de su muerte yo cumplí los nueve años.
Mis recuerdos de diciembre son una sucesión de emociones y ajetreo que empezaban a primeros del mes y no terminaban hasta el día de los Reyes Magos: para empezar, las Misas del Niño, al alba, con melodías del ciclo navideño; luego, el acarreo de panita, eucalipto, romero, mortiñeras como contribución de los críos al montaje del nacimiento; venía después la ilusión de reabrir las cajas con las figuras guardadas de un año para otro y de conocer las nuevas adquisiciones que mi padre había traído de algún viaje; durante varios días se procedía enseguida al montaje propiamente dicho del belén: mesas y cajones hasta completar una buena plataforma que ocupaba al completo el segundo cuerpo de la casa; corchos para simular los accidentes del terreno; serrín para los secarrales, panita para los prados; el palacio de Herodes, el camino por donde vendrían los reyes, chozos, árboles, muy especialmente el que habría de servir para posarse el ángel y hacer el anuncio a los pastores, apriscos, la panadería, casas blancas; regatos y casi ríos; bombillas de linterna convertidas en luces caseras; y en un otero principal, el portal con sus elementos de rigor... ¡Ah, y el cielo de papel de embalar artísticamente manipulado! Un cuerpo de casa más adentro estaba el piano... y aquí, en el comedor, recuerdo dispuestos, ya al final, los regalos de reyes y, antes, los cantos y el disfrute cuando el Niño Dios había nacido, a los que sucedía el gran festín de los Manueles cada 1 de enero, porque en la casa llevaban ese nombre mi abuela, mi padre, mi hermana y un hermano.
El diciembre del año 48 ya no fue como los anteriores que alcanzo yo a recordar y acabo de describir torpemente. Desde entonces con la onomástica de mi hermano Andrés el 30 de noviembre empiezan cada año celebraciones tintadas de la espera de algo que no llega, que no va a llegar. Y nada llena esta falta debidamente: ni el santo de mi hermano Javier el 3, ni siquiera, ahora, el cumple de mi nieta Leonor el 11, ni el cumple de mi hermano Javier el 12, ni mi cumple el 16, ni la celebración de la noche de Navidad con los hijos... Queda siempre como un hueco imposible de compartir.
Por lo visto no soy el único que vive estas fechas con ese poso de nostalgias. Tal vez suceda que lo que en realidad celebramos los hombres estos días, bajo la capa de belenes, papá noeles o árboles de navidad, no es otra cosa que nuestra necesidad misma de compañía porque , en esta época del año en que no hay nada que sembrar ni que recolectar, el desamparo nos acecha. O lo llevamos dentro.