miércoles, 16 de diciembre de 2009

Diciembre


Me he sorprendido siendo incapaz de escribir algo en este blog desde hace más de seis meses. Cuando alguien me ha preguntado por qué, he contestado siempre lo mismo: "es que estoy en 'sequera'". En sequía, se entiende, de escritura, que en ocasiones puede no equivaler, sino todo lo contrario, como es el caso, a escasez de sentimientos, vivencias o recuerdos que compartir con quienes uno quiere, sino más bien a la abundancia excesiva o al color inesperado de recuerdos, vivencias o sentimientos al llegar en aluvión o, más simplemente, al hecho cierto de que la renuencia a comunicarse alienta la pereza en la comunicación y te hace ir dejando para mañana, procrastinar, lo que querrías hacer hoy.
Pero desde que empezó el mes de diciembre vengo sintiendo la necesidad de romper este silencio. Y es que para mí este mes es como el paso de un allegro vivace a un largo a veces tristón y en todo caso bastante plano en el concierto de mi vida.
Una mañana del diciembre de aquel año mi hermano Manolito (ahora es Manolo por empeño denodado de Conchita) y yo fuimos a entrar a despedir a mi madre, todavía en la cama, para decirle adiós antes de ir al colegio. No nos dejaron pasar a la "alcoba" porque mamá estaba mala. Luego en el colegio nos recogió alguien y nos llevó a casa de mi tío Diego. A los dos o tres días, no me acuerdo, a eso de media mañana me acercaron a mi casa a mí solo, y allí, en medio de mucho jaleo, nos hicieron entrar a mi hermano Diego, a mi hermana Manolita y a mí, los tres mayores, a decirle adiós a mi madre: de la alcoba quiero recordar que habían desaparecido los muebles, excepto el gran ropero, y en medio del corro de sillas pegadas a las paredes y ocupadas casi todas por mujeres (familiares, vecinas...) estaba colocado el féretro abierto. Al entrar los tres hijos arreciaron llantos, ayes y frases lastimeras que desde fuera de la estancia ya había yo advertido tan persistentes como acallados, susurrantes. Nos arrodillamos ante mi madre que yacía en la caja vestida de monja (con el hábito de Hermana de la Cruz) y con algodones blancos por la zona de la nariz o la boca. Es la fotografía que me ha quedado.
En contra de la advertencia de los médicos pero dispuesta a cumplir con lo que creyó su deber de creyente, mi madre había dado a luz a mi hermano Javier, el séptimo y último de sus hijos y el décimo de sus embarazos. Y se quedó en el empeño. Tenía treinta y ocho años. Dos días después de su muerte yo cumplí los nueve años.
Mis recuerdos de diciembre son una sucesión de emociones y ajetreo que empezaban a primeros del mes y no terminaban hasta el día de los Reyes Magos: para empezar, las Misas del Niño, al alba, con melodías del ciclo navideño; luego, el acarreo de panita, eucalipto, romero, mortiñeras como contribución de los críos al montaje del nacimiento; venía después la ilusión de reabrir las cajas con las figuras guardadas de un año para otro y de conocer las nuevas adquisiciones que mi padre había traído de algún viaje; durante varios días se procedía enseguida al montaje propiamente dicho del belén: mesas y cajones hasta completar una buena plataforma que ocupaba al completo el segundo cuerpo de la casa; corchos para simular los accidentes del terreno; serrín para los secarrales, panita para los prados; el palacio de Herodes, el camino por donde vendrían los reyes, chozos, árboles, muy especialmente el que habría de servir para posarse el ángel y hacer el anuncio a los pastores, apriscos, la panadería, casas blancas; regatos y casi ríos; bombillas de linterna convertidas en luces caseras; y en un otero principal, el portal con sus elementos de rigor... ¡Ah, y el cielo de papel de embalar artísticamente manipulado! Un cuerpo de casa más adentro estaba el piano... y aquí, en el comedor, recuerdo dispuestos, ya al final, los regalos de reyes y, antes, los cantos y el disfrute cuando el Niño Dios había nacido, a los que sucedía el gran festín de los Manueles cada 1 de enero, porque en la casa llevaban ese nombre mi abuela, mi padre, mi hermana y un hermano.
El diciembre del año 48 ya no fue como los anteriores que alcanzo yo a recordar y acabo de describir torpemente. Desde entonces con la onomástica de mi hermano Andrés el 30 de noviembre empiezan cada año celebraciones tintadas de la espera de algo que no llega, que no va a llegar. Y nada llena esta falta debidamente: ni el santo de mi hermano Javier el 3, ni siquiera, ahora, el cumple de mi nieta Leonor el 11, ni el cumple de mi hermano Javier el 12, ni mi cumple el 16, ni la celebración de la noche de Navidad con los hijos... Queda siempre como un hueco imposible de compartir.
Por lo visto no soy el único que vive estas fechas con ese poso de nostalgias. Tal vez suceda que lo que en realidad celebramos los hombres estos días, bajo la capa de belenes, papá noeles o árboles de navidad, no es otra cosa que nuestra necesidad misma de compañía porque , en esta época del año en que no hay nada que sembrar ni que recolectar, el desamparo nos acecha. O lo llevamos dentro.



10 comentarios:

Lizzard dijo...

Como siempre, increible el relato y los detalles del mismo... ¿ves como deberías deleitarnos mucho mas amenudo? Ya que no tenemos tantas posibilidades de vernos amenudo estas cosas hacen que parezca que me lo estas contando alrededor de una mesa con buena compañia.

Felicidades con restraso ;)

Doria dijo...

"Recuerdalo tú y recuerdalo a otro".Estoy con Cernuda.
Hoy me felicito porque ¡Por fin! alguien de los míos me cuenta y ¡de qué manera! parte fundamental en mi vída.
Me felicito al tiempo que te agradezco esta entrada, porque intuyo que quizás mi entrada del otro día haya hecho de "epidural" en este alumbramiento.
Gracias.

Sara dijo...

Gracias por la sobredosis de emociones.

claudie dijo...

Et pourtant, tu ne te laisses pas envahir par la mélancolie Daniel, tu l´écartes délicatement du malaise et du doûte, tu la protèges de toute amertume, comme cette rose tardive et emue, qui ne dira pas non ni à l´intempérie ni à l´inclémence, puisqu´elle en sortira encore plus embellie.

Anónimo dijo...

Soy una intrusa y disculpa. Los vacíos quizá no se llenen nunca, ni siquiera lo llenarán las compañías. Eso creo. Sólo expresarlos, como tan bien lo has hecho, los harán llevaderos. Gracias.
Y por cierto. Hoy me dijeron algo sobre lo que me documentaré con más detalle para poderlo hablar con mi amigo Bernardo (¡a veces también él baja a las profundidades del alma!). Resulta que en estas fechas, cuando los días son los más cortos del año, eran muchas las culturas que celebraban el nacimiento, pronto, de la LUZ (el regreso progresivo de las jornadas más extensas). El hombre también vive la oscuridad en esta época para poder disfrutar así de la claridad que se abrirá paso en breve, cuando menos lo esperamos. Gracias de nuevo y un saludo. Angeles.

Elena Valor dijo...

Gracias Jefe. Precioso.

Zapateiro dijo...

¡Vaya manera de ponerle fin a tu sequía! No soy capaz de comentarte como debiera esta entrada, tan tuya como nuestra, porque la emoción no me deja. Lo cierto es que comparto profundamente lo que para ti significan estas fiestas, por eso quizás la nochebuena todos los años me hace llorar cuando nadie me ve.

Un beso enorme.

Marcos Romero Boza dijo...

Por unos instantes “sin querer queriendo”, me he situado con todos los nuestros en Nochebuena. Sobre fondo de piano, guitarras y “ruido”, hemos escuchado y cantado los más bonitos y entrañables villancicos… Con esta entrada, has entonado magistralmente, con toda la carga emocional que supone este diciembre, el ¡Chito Silencio…!, ¡voy a contar…!, ¡lo que yo mismo…!, ¡vi en el portal…!, ¡si…!. Y metiéndonos de lleno en tus palabra, hemos ido entonando, ¡Cuenta pastora, cuenta zagal, qué es lo que viste en el portal…!. Y en tu desahogo, vemos esperanza, amparo, como cuando sigue el villancico… “más bella que la aurora, Virgen divina, ¡Ay cielos que belleza tan peregrina! Dicen también, si pura flor, madre a la vez del mismo Dios…”
Felices Pascuas, tío Daniel.

elena romero dijo...

Doy gracias porque la gran pantalla de mi Mac tapa mi emocionada lectura, pero sobre todo porque tu historia completa huecos de mi propia historia.
Esa Navidad que, aunque con grandes ausencias, seguisteis cantando, adornando y celebrando es "mi Navidad feliz" , esa que ahora yo me afano en crear aunque sea con las ausencias a cuesta porque éstas pesan mucho menos cuando oigo: "mamá, canta ande, ande"...y al fin y al cabo así es la vida.
Muchos besos

Daniel Romero dijo...

Mi amigo Carlos me ha escrito lo siguiente:
"Tus palabras me han evocado muchas cosas. Primero, la muerte de mi hermano Pepe, a sus 14 años, cuando yo tenía 11. A mí también me llevaron a casa de mi tío y tú te dejabas llevar sin hacer preguntas porque confusamente intuías lo que estaba pasando, pero no querías enterarte.
También recuerdo las palabras de don José Romero Contioso (en una de esas apariciones que hacía en el patio en plan paternal) elogiando la belleza de tu madre y lo bien que cantaba.
Las vivencias del montaje del belén y, por último, esa faceta de la navidad: parece que todos tienen que estar oficialmente alegres, pero todos nos sentimos, por un motivo o por otro, secretamente tristes."